BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 
 

Análisis de la Epístola de San Pablo a los Hebreos


Jesucristo, Cabeza espiritual de la Creación

 

Por lo cual, dejando a un lado las doctrinas elementales sobre Cristo, tendamos a lo perfecto, no echando de nuevo los fundamentos de la penitencia, de las obras muertas y de la fe en Dios, la doctrina sobre los bautismos, la imposición de las manos, la resurrección de los muertos y el juicio eterno.Y esto es lo que vamos a hacer si Dios lo permite. Porque quienes, una vez iluminados, gustaron el don celestial y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, gustaron lo hermoso de la palabra de Dios y los prodigios del siglo venidero, y cayeron en la apostasía, es imposible que sean renovados otra vez a penitencia, pues de nuevo crucifican para sí mismos al Hijo de Dios y le exponen a la afrenta. Porque la tierra, que a menudo absorbe la lluvia caída a menudo sobre ella y produce plantas útiles para el que la cultiva, recibirá las bendiciones de Dios; pero la que produce espinas y abrojos es reprobada y está próxima a ser maldita, y su fin será el fuego

 

Observemos que las disputas entre teólogos respecto a la autoría de la Epístola a los Hebreos, revocando la autoridad de los primeros cristianos en razones diversas, no procede. Este párrafo pone a las claras que es de nuevo Pablo, el gran abogado de Cristo contra el Judeocristianismo, quien machaca ante la comunidad cristiana lo que defendiera en privado en el Concilio del 49 delante de los Apóstoles y los primeros obispos. Cuando seguimos el curso de la historia de Jerusalén desde la Resurrección a su destrucción por los Romanos vemos cómo el Judaísmo intentó absorver al Cristianismo y quiso aprovechar el universalismo apostólico para proclamar una Guerra Santa de Independencia contra el Imperio, a la que, finalmente, ante la actitud divina de Pablo, que devino norma para todas las iglesias, el Judaísmo se lanzó por su cuenta. ¿Quién es el apóstata al que se refiere Pablo sino el Judeocristiano que habiéndose convertido al cristianismo reniega de la Fe por no avenirse la Ley de Cristo a la Ley de Moisés, como si dijéramos que se convirtió esperando de esta manera convertir a Cristo al Judaísmo? Mas no es el Cristiano el que debe hacerse Judío, sino el Judío el que debe hacerse Cristiano. Y esto que Pablo mantuviera sin ceder un centímetro deviene norma para el Cristianismo.

No hay acercamiento posible entre luz y tinieblas, justicia y corrupción, libertad y censura, paz y guerra, cristianismo y ciencia del bien y del mal. Es la Criatura la que debe convertirse y aceptar la Verdad en toda su realidad natural y sobrenatural; no es el Creador quien debe renunciar a su Personalidad, sino la criatura la que debe abandonar la ley de la Ciencia del bien y del mal, levantarse del polvo y luchar por su Vida acorde a la ley del Universo.

Los muertos están muertos y la palabra de los muertos no vale nada. Sólo la Palabra de Dios es eterna, y, en consecuencia, es la estrella polar de referencia en el viaje de la criatura por la existencia. Pero, como dice Pablo, curiosamente y porque el mundo se halla sujeto a la ley de la Ciencia del bien y del mal, hay quien aún estando criado en la Fe requiere de leche materna, como diciendo que sin quererlo queriendo echan de menos la ley maldita en cuyo horno el infierno, bajo el que vive el mundo, asa carne humana para el deleite de los demonios que, renegando del Hombre en cuanto ser espiritual han hecho confesión de fe animal y, declarándose animales, prefieren la ley de la selva a la Ley de la Verdad eterna.

El cristianismo, pues, lo mismo ayer que hoy y mañana, y así como un sistema pedagógico perfecto debe mirar al futuro y jamás al presente, de manera que no estando sujeto a los cambios de los tiempos la Formación del Ser quede sujeta a un Modelo sempiterno, el Cristianismo, a la manera que un caminante no puede acomodar su objetivo a las variaciones de los terrenos, no puede sujetar su Ley a las circunstancias de los tiempos, y aún adaptando el paso a los accidentes el norte se queda donde queda el norte. La estrella polar del Cristianismo es Jesucristo, y siendo Modelo Universal del Ser no es el siglo el que debe imponer su ley, sino el mundo el que debe moverse en el seno de la Ley Universal.

El Creador entra en el cuerpo de su Creación a fin de rescatar a su criatura del Polvo, y jamás con la intención de, comprendiendo su Caida, bendecir su permanencia en los bajos fondos del infierno en que devino el Paraíso por culpa de los acontecimientos conocidos. De manera que porque son conocidos y el efecto es vivido en la carne el Cristiano, siguiendo a su Creador, Padre y Maestro, tiende inexcusablemente y abiertamente a vivir a la luz de la Ley de la eternidad, que aborrece infinitamente la ley de la Ciencia del bien y del mal y prefiere mil veces la muerte antes que pactar con el diablo.

La Resurrección es un Discurso. Es el Dios de la Eternidad el que habla. Y el que habla se certifica en todo lo que dijo y firma y sella con la sangre de la Cruz a fin de que, por la ignorancia del que firma con una cruz, el mundo entero vea la Sabiduría del que se hizo analfabeto con sus criaturas a fin de hacernos sus hijos, es decir, partícipes de todas las riquezas de su Ser. Y si a sus hijos, de la Descendencia de Abraham, les abrió su ser al Poder sin límites, que se halla en la Palabra, a sus hijos, de la Descendencia de Cristo, les abre el mismo Dios y Padre de todos, las riquezas de esa Sabiduria Creadora que está en todos los secretos del Creador. Pues habiendo sido creado a la Imagen y semejanza de Dios el Futuro de la vida en la Tierra, que es el Hombre, el Futuro del Hombre era la Inteligencia sin límites, de cuya Herencia fue privada la Humanidad por la Caída. Pero Dios, como ya sabemos por la Iglesia, y si Ella no nos lo hubiera contado no lo sabríamos, juró por su sangre que al término de los tiempos, cuando se hubiera hecho justicia, su Creación se levantaría del polvo y donde hubo ignorancia habría conocimiento sin medida.

 

Aunque hablamos de este modo, sin embargo, confiamos y esperamos de vosotros, carísimos, algo mejor y más conducente a la salvación. Que no es Dios injusto para que se olvide de vuestra obra y del amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y perseverando en servirlos. Deseamos que cada uno de vosotros muestre hasta el fin la misma diligencia por el logro de la esperanza, no emperezándoos, sino haciéndoos imitadores de los que por la fe y la longanimidad han alcanzado la herencia de las promesas. Cuando Dios hizo a Abraham la promesa, como no tenía ninguno mayor por quien jurar, juró por sí mismo, diciendo: “Te bendeciré abundantemente, te multiplicaré grandemente”. Y así, esperando con longanimidad, alcanzó la promesa. Porque los hombres suelen jurar por alguno mayor, y el juramento pone entre ellos fin a toda controversia y les sirve de garantía. Por lo cual, queriendo Dios mostrar solemnemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso el juramento, a fin de que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos firme consuelo los que corremos hasta dar alcance a la propuesta esperanza. La cual tenemos como segura y firme áncora de nuestra alma, y que penetra hasta el interior del velo, adonde entró por nosotros como precursor Jesús, instituido Pontífice para siempre, según el orden de Melquisedec.

 

Sobre lo cual -que sin la Iglesia hubiéramos conocido el Origen del Mundo- hay que levantarse para callar a quienes, en su ignorancia, si locura se verá por la respuesta final a su declaración inicial, afirmaron que existiendo la letra no hace falta la Iglesia. Estupidez supina que hace honor a la Necesidad de la Muerte de Cristo y funda la Redención en la Ignoracia cuando "el criaturo" una vez amamantado mira a la madre que lo parió y la expulsa de su vida una vez la necesidad satisfecha, y no necesitándola ¿para qué la quiere, a la madre que lo parió? Tal es la actitud infrahumana, inhumana y de bestia que el "criaturo" de la Reforma puso en circulación en el mundo cristiano.

Ignoro si semejante actitud se merece más respuesta que la debida al juicio autocrítico y el arrepentimiento por semejante conducta insana. Que esa actitud vino a consecuencia de la insanidad de un círculo de la servidumbre del Señor, ¡muy bien!, que el Señor se encargue de ellos, lo que a nosotros nos compete es actuar acorde al Modelo que vemos en el Evangelio y si el mismísimo Hijo Todopoderoso de Dios, una vez pasada la Hora de las Tinieblas, perdonó las Negaciones de Pedro, ¿quiénes somos nosotros para condenar lo que el Todopoderoso Hijo de Dios no tomó en cuenta? Todo lo que sabemos es que cumplida la Resurrección Pedro jamás volvió a caer, y si hubiese vuelto a caer entonces también a Pedro se le hubiera aplicado la sentencia de Pablo, pues Dios, como dice su Evangelio, no conoce acepción de personas.

De donde se ve que si Pedro usara el Perdón de su Maestro para volver a caer, Pedro estaría convirtiendo la Apostasía en la doctrina de los siervos de su Señor, por esta misma Apostasía no Jesucristo ya más, su Señor, sino el mismo Diablo. Sobre lo cual, y como los hijos no pueden ser juzgados por los crímenes de sus padres, tampoco pueden ser juzgados por los pecados de sus precedesores los obispos hoy al cargo, pues cada cual es juzgado por sus delitos propios, y sería Dios un Juez corrupto y miserable si juzgare al hijo vivo por los delitos cometidos por un padre muerto o echara en la cárcel a un administrador fiel por el desfalco de su predecesor en el puesto.

Cada cual es autor de sus propios actos, y tan error es fundar la santidad en la gloria de un muerto, afirmando que por la gloria de Pedro quedan santificados todos sus sucesores, quedando absueltos de sus crímenes sus sucesores por la gloria de un Santo, como condenar a todos los obispos por el delito de uno solo. Pues cuando Pablo dice que por un solo hombre fuimos condenados todos, está mirando a ése como "cabeza" de todos.

De este modo y porque hubo crimen y delito: de ser el obispo de Roma "cabeza" de todas las iglesias y no exclusivamente de la Romana, la Reforma obró en consecuencia y según Justicia Divina al condenar por el delito de "ésa cabeza" a todo los Católicos. En efecto, dice Pablo que Cristo fue el modelo de Adán. Y siendo Cristo la Cabeza del Hombre, es solo natural que Adán fuera la de su Mundo, y al caer la cabeza era de justicia que todo su cuerpo se hundiera. Mas si la Justicia de Dios es incorruptible porque Dios no puede errar, de un sitio, y porque ama la Verdad sobre todas las cosas, del otro, y muriendo la Cabeza era imposible que el cuerpo no muriera, hablando de Adán, de la vida continuada de la Iglesia Católica, Cuerpo de Cristo, se ve que es el Obispo Romano el que vive por la Iglesia y no la Iglesia la que vive por el Obispo de Roma, debiendo el Cuerpo de Cristo, o sea, la Iglesia Católica, su vida no al Obispo Roman0 sino a Jesucristo, su Cabeza, quien siendo Indestructible e Incorruptible es imposible que pueda morir, y al contrario que Adán, quien muriendo arrastró a la muerte a todo su cuerpo, Jesucristo, Dios Hijo Unigénito, no pudiendo morir, mantiene eternamente vivo el suyo.

Y de haber sido el Obispo Romano la Cabeza de la Iglesia Católica ciertamente el juicio de la Reforma contra el crimen sin arrepentimiento de la Curia Romana Imperial hubiere sido de justicia y la Iglesia Católica, si en caso de depender del "Santo Padre" Papa para vivir, hubiera seguido el mismo destino que el cuerpo de Adán tras la muerte de su cabeza.

No siendo este el caso, sino que Jesucristo es la Cabeza Universal de todas las iglesias, cada siervo del Señor responde de sus delitos ante el Juez del Universo. Porque habiendo sufrido Dios, en su Inocencia Inmaculada, el homicidio cometido contra su Hijo Adán, era de Sabiduría que jamás de los jamases volviese Dios a poner su Creación en ese trance, por lo cual estableció de una vez y para siempre que la Cabeza Espiritual de toda su Creación viva fuese su Hijo, Rey sempiterno para su Pueblo Universal y Pontífice Católico para su Iglesia.

Así uniéndonos a todos al mismo que nos sustenta con su Fe, devinimos por esta Voluntad de quien con su Voluntad lo ha creado todo, una misma realidad del Ser en quien todos somos una misma cosa, el cuerpo de quien es para todos Cabeza, de unos como Señor, de otros como Rey, de otros como Hermano, de otros como Padre, pero para todos el mismo Jesucristo, hoy y siempre: el Rey Universal y Unico Señor Sempiterno a cuyos pies el Dios de la Eternidad y el Infinito ha puesto todas las cosas, las del Cielo como las de la Tierra. Pues siendo verdad que la Fundación del Nuevo Reino de Dios tuvo lugar aquí en la Tierra, no menos verdad es que la Creación entera quedó comprendida entre las fronteras de su Fundación, y lo mismo los hijos de Dios no de esta creacion, como dirá enseguida Pablo, que los hijos de Dios nacidos de Abraham, todos quedaron sujetos a la Corona del Hijo de Dios.