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Análisis
de la Epístola de San Pablo a los Hebreos
Jesucristo, Pontifice Universal Sempiterno
Pues este Melquisedec,
rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió al encuentro de Abraham
cuando volvía de derrotar a los reyes, y le bendijo, a quien dio las décimas de
todo, se interpreta primero rey de justicia, y luego también rey de Salem, es
decir, rey de paz.
Sin padre, sin madre,
sin genealogía, sin principio de sus días ni fin de su vida, se asemeja en eso
al Hijo de Dios, que es sacerdote para siempre.
Y ved cuan grande es
éste, a quien dio el patriarca Abraham el diezmo de lo mejor del botín.
Los hijos de Leví que
reciben el sacerdocio tienen a su favor un precepto de la Ley, en virtud del
cual pueden recibir el diezmo del pueblo, esto es, de sus hermanos, no obstante
ser también ellos de la estirpe de Abraham.
Al contrario, aquél,
que no venía de Abraham, recibió los diezmos de Abraham y bendijo a aquel a
quien fueron hechas las promesas.
No cabe duda que el
menor es bendecido por el mayor.
Y aquí son ciertamente
los hombres mortales los que reciben los diezmos, pero allí uno de quien se da
testimonio que vive.
Porque aún se hallaba
en la entraña de su padre cuando le salió al encuentro Melquisedec.
De donde se ve que yendo la Adoración de la Creación, nosotros, a su Creador, y porque en su Caída la criatura "se inventó un dios", con los Atributos de la Divinidad pero desprovista de su Personalidad, es decir, un Ser sin Espíritu, Dios mismo se levantó contra esa Invención y diciendo "YO SOY EL QUE SOY", Dios lo puso todo a los pies de su Espíritu, o mejor dicho, llenó su Ser del Espíritu de que querían privarlo, por ser Santo, y lo hizo hasta el punto de poner en las manos de su Espiritu Santo todos y de cada uno de los Atributos de la Divinidad. Esto en cuanto a la Respuesta del Dios de la Eternidad y del Infinito a las Religiones Antiguas, el denominador común de las cuales fue la Adoración por los Atributos y la transformación de Dios en un Ídolo de Poder, propiedad universal común a todas las religiones no cristianas que existen en la Tierra.
Pero observamos en la Historia de las Religiones Antiguas que la Criatura es de por sí incapaz de proceder a la Adoración Natural debida a su Divino Creador, y, fijando sus ojos en aquello que no posee los Atributos de la Divinidad, tiende a adorar a Dios por su Todopoder y su Omnipotencia y desterrar del Creador a Aquel que "dice "YO SOY". Y sin embargo sabemos positivamente que es este Espíritu por el que Dios se merece toda adoración y, si por el Poder solo fuera, la Religión sería cosa de demonios para quienes en el Poder está la Gloria.
Nuestra Historia nos enseña en lecciones duras que la línea que separa al sacerdote del demonio es muy sutil, y que el paso de lo uno a lo otro comienza a hacerse cuando el sacerdote no busca en Dios "AL QUE ES", sino que busca a Dios por el Poder, pues no es sino natural que quien ambiciona el todopoder se dirija a quien es Todopoderoso buscando en su Gloria su gloria propia. Es una ley que hemos observado en los últimos cinco milenios y seguimos viendo cómo la Religión, sujeta a la imposibilidad descrita arriba, en lugar de engendrar santos deviene fuente de monstruosos asesinos, a cuya ley no se escapó en ningún caso el cristianismo, como vemos en la Historia del Papado, en la Reforma y en la Historia Ortodoxa de Bizancio.
De esta continuación de la ley antigua en el mundo cristiano entendemos que la Libertad de los hijos de Dios le vino al mundo en Promesa, y se mantuvo en el seno de la Iglesia Católica a la manera que está en las entrañas de la Esposa la Descendencia de su Marido. Sujeta la Cristiandad a la misma ley que venía operando la destrucción de tantas civilizaciones, era solo natural que el Hijo de Dios viese en el Futuro la División de las iglesias y profetizase la Noche de los Obispos en el seno de las Parábolas del Sembrador; y, a la vez, habiéndose consumado el Matrimonio Sagrado en virtud del cual se cumplía la Escritura, que dice: "Buscarás con ardor a tu Marido, que te dominará", habiéndose establecido por este Matrimonio la Fundación del Cristianismo sobre una Roca Indestructible, la corrupción inherente a la ley operante no podía destruir la Promesa por este mismo Pablo escrita, cuando dice que "la creación entera espera la manifestación de los hijos de Dios", o séase, nosotros, quienes nacidos de ese Matrimonio Sempiterno ya no nos sujetamos a la ley antigua y, por tanto, no tiene poder sobre nosotros la Ignorancia a la que fuera confinado el Sacerdocio.
Pues aquel que sirve es esclavo de aquel al que sirve mientras está a su servicio, y estando sujeto a las órdenes de quien le contrata no participa de la libertad de quien es hijo de ese mismo al que sirve, pues estando sujeto a la ley de la obediencia debida a sus cadenas se relaciona por decreto y mandato con aquel que es su señor. Sujeta a orden la obediencia del siervo procede de la orden y no del conocimiento, pues quien manda dispone y quien obedece no pregunta, mas el hijo de ese mismo señor entra y sale libremente de la casa de su padre y el conocimiento precede a la acción, dado que siendo su padre, y aun siendo la orden la misma, el Señor con su hijo no tiene secretos y le explica el por qué de las cosas, mientras que el siervo está limitado a la acción.
Sujeta la Iglesia, pues, a servidumbre, según está escrito: "Buscarás con ardor a tu marido, que te dominará", y porque quedó de esta manera establecida la Religión, era imposible, hablando ahora del Mundo Natural, que de por sí mismo el hombre pudiese adorar a Dios "por el que es", pues no conociendo a Dios sino por sus Atributos, la Divinidad del que dijo "Yo Soy el que Soy" quedó nublada por la visión del Poder de aquel que abriera las aguas de un mar para abrirle paso a su creación. Así que, siendo imposible para el hombre alcanzar el Conocimiento Verdadero de su Espíritu dispuso Dios que aquél que estaba en El viniera a nuestro encuentro y nos descubriese "al que es" en "el que era", enseñándonos a Adorar a la Divinidad no en razón de su Todopoder sino en razón de su Espíritu. Y de aquí que Pablo utilizase la comparación entre Jesucristo y Melquisedec. Esto de un sitio, del otro:
Pues si la perfección
viniera por el sacerdocio levítico, (pues bajo él recibió el pueblo la Ley)
¿qué necesidad había de suscitar otro sacerdote, según el orden de Melquisedec,
y no denominarlo según el orden de Arón?
Mudado el sacerdocio,
de necesidad ha de mudarse también la Ley.
Pues bien: aquel de
quien esto se dice, pertenece a otra tribu, de la cual ninguno se consagró al
altar.
Pues notorio es que
Nuestro Señor nació de Judá, a cuya tribu nada dijo Moisés tocante al
sacerdocio.
Y esto es aún mucho
más evidente en el supuesto de que, a semejanza de Melquisedec, se levanta otro
Sacerdote,
instituido no en
virtud del precepto de una ley carnal, sino de un poder de vida indestructible,
pues de El se da este testimonio: “Tú eres sacerdote para siempre según el
orden de Melquisedec”.
Con esto se anuncia la
abrogación del precedente mandato a causa de su ineficacia e inutilidad, pues la Ley no llevó nada a la perfección,
sino que fue sólo introducción a una esperanza mejor, mediante la cual nos
acercamos a Dios.
Notamos, en consecuencia, que ya en Abraham latía la Esperanza de Salvación Universal, y aunque en Promesa, era tal su fuerza como para vencer el poder de su sangre y mover su brazo hacia lo alto, armado de hierro, para sacrificar a su propio unigénito en el altar de la Encarnación. Dios no llama a Abraham su siervo, sino su Amigo. Y en esta Amistad, latiendo el Conocimiento Perfecto del Amigo Divino, negado a la Humanidad en función de la Caída y sus efectos universales, tenemos en las entrañas de Israel a Cristo, la Religión fundada no en la Adoración del Poder sino en la visión del Espíritu del que dice "YO SOY EL QUE SOY". Mas cuando llega la Hora de la Encarnación notamos que la Ley Antigua debía seguir su Camino hasta nosotros, la Descendencia en las entrañas de Cristo, "la manifestación de los hijos de Dios que la creación entera esperaba ansiosa", y debiendo bajar Jesús su brazo, a la manera que Abraham el suyo, aunque en este caso contra el Imperio del Mundo, el Cristianismo debía hacer su camino a la manera que hizo el suyo el pueblo nacido de la Obediencia de Abraham, con la diferencia, se entiende, que aquélla Obediencia dio paso a la Iglesia, y ésta, siendo la Esposa del Señor, es ya religión sempiterna y está en la Casa de su Esposo como Señora al cargo de todo aquello que se refiere a la Casa de su Señor, es decir, la Adoración de Dios en tanto que Espíritu y no en tanto que Poder, pues el Poder es del Señor, su Esposo. La corrupción estando, como hemos visto en la Historia, en la elevación de quien es siervo al trono de su Señor, sin serlo, pero reclamando para sí los poderes de su Señor, justificando esta corrupción en la necesidad de los tiempos. Pues como sabemos quien tiene por Señor a su Esposo recibe de su Señor Esposo todos los poderes debidos al gobierno de su Casa y queda al cargo de las Llaves de la misma mientras el Señor está fuera de la Casa; pero este Poder se refiere a la Casa de su Señor, y no a la del vecino, por decirlo así, siendo la extensión del Poder de las llaves del reino de los cielos a las puertas del Infierno una perversión natural a la corrupción intrínsica a la Ignorancia bajo la que ejecuta su acción el siervo mientras su señor está de viaje lejos de su casar.
Asi que, habiendo procedido Dios a encarnarse a fin de dejar tocar su Espíritu por los sentidos, la Revolución Fundacional del Cristianismo vino a poner sobre la Mesa la Esperanza de Salvación Universal que Abraham llevó en su Mente todos los días de su vida y que, por el Matrimonio de Cristo con la Iglesia, recogida la Esperanza en el seno de quien es Eterno, vino a cruzar los milenios sobre el tempestuoso mar de los siglos en la indestructible barca de la Divinidad de su Fundador. Pues siendo la Religión Antigua un Poder sujeto al arbitrio de la cabeza del momento, Dios venció de antemano la consumación de la corrupción bajo cuya montaña de crímenes se hundiera el templo Antiguo, y que amenazaría al Nuevo Templo, estableciendo para la Iglesia Una Sola y Unica Cabeza Universal, su Hijo. Y dado que la creación se hundió en la Caída en razón de la voluntad de quienes siendo cabezas religiosas de sus mundos dirigieron sus cuerpos hacia la Guerra contra el Espíritu Santo, Dios abolió toda Corona y Poder, hizo de todos los pueblos uno solo, los fundió en uno solo y único y le dio por Cabeza a todo su Reino un único Rey y Señor, su Hijo, a fin de que siendo Indestructible su Cabeza el Cuerpo de la Creación participe de la Eternidad propia de su Creador, y siendo la Voluntad del Rey y Señor el Impulso Sobrenatural e Incorruptible bajo el que se mueve su Reino quede desterrado del Universo la Semilla de la Muerte, que procedió a parir al Diablo, "la serpiente antigua", y extender su Infierno, primero en el Cielo, y finalmente en la Tierra. Deduciendo de cuyos actos malignos se ve que el origen de la corrupción de la religión está en la elevación de una criatura, sea sacerdote o rey, a la gloria de quien es la Unica y Sola Cabeza de las Iglesias: el Rey y Señor, Jesucristo. Conociendo lo cual, porque él mismo era hebreo, Pablo vuelve a la constante figura de Melquisedec, denunciando el Pontificado Mortal de Sucesión como origen de la Corrupción que se consumaría en la destrucción del Templo Antiguo y cuya reedición conduciría a la Iglesia Ortodoxia a ese mismo fin, primero en su forma bizantina, luego en su forma rusa, habiendo dejado Dios un resto a fin de ofrecer misericordia. Esto de una parte. De la otra, habiéndose dado el mismo estado de cosas durante la coronación de Carlo Magno era solo natural que la Negación del Papado contra la Corona Universal de Jesucristo condujera a la Iglesia de Occidente a aquella Guerra Civil Europea que los historiadores nos han transmitido bajo el pomposo nombre de "la Reforma".
¿Esperanza fallida? ¡En absoluto! Pues el que es Indestructible es Invencible, y debiendo regresar el Señor de su Viaje es solo natural que el siervo que durante la ausencia de su Señor asumiera el poder sobre su Casa ponga a los pies de su Señor el Pontificado y deje al Juicio de su Señor el pago de sus errores y aciertos, y la Esposa, regresando su Señor a Casa, disponga la Mesa. De manera que, en y por esta Disposición, se cumple esa "esperanza mejor" de la que hablara Pablo, porque siendo profeta, según lo escrito, que el espíritu de Jesús es el espíritu de la profecía, desde su carne Pablo ya viera en compendio el viaje que le esperaba al Cristianismo desde el Imperio de los Césares a nuestros días. Por lo que se atreviera a decir, hablando de Jesús como Solo y Unico Pontífice Universal de la Creación entera, de la Presente como de la Futura:
Y por cuanto no fue
hecho sin juramento — pues aquéllos fueron constituidos sacerdotes sin
juramento, mas éste lo fue con juramento por el que le dijo: “Juró el Señor y
no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre” —, de tanta mejor alianza,
se ha hecho fiador Jesús.
Y de aquéllos fueron
muchos los hechos sacerdotes, por cuanto la muerte les impidió permanecer; y es
por tanto perfecto su poder para salvar a los que por El se acercan a Dios, y
siempre vive para interceder por ellos.
Y tal convenía que
fuese nuestro Pontífice, santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores
y más alto que los cielos; que no necesita, como los pontífices, ofrecer cada
día víctimas, primero por sus propios pecados, luego por los del pueblo, pues
esto lo hizo una sola vez ofreciéndose a sí mismo.
En suma, la Ley hizo
pontífices a hombres débiles, pero la palabra del juramento, que sucedió a la
Ley, instituyó al Hijo para siempre perfecto.
Ahora bien, si el hombre pudo haber alcanzado por sí mismo este Modelo de Pontificado, establecido en la Santidad, la Inocencia y la Incorruptibilidad inmarcesible propias del Espíritu Creador, en este caso Dios sería el peor de los criminales, el que mata a su propio hijo. Mas abogando la Historia en defensa de esta Imposibilidad, debiendo Dios, por Amor a su Creación, hacerse carne en su Hijo y en la Cruz abrirse el Pecho para que viéramos su Corazón, que no tiene en el Poder su Gloria sino en la Verdad y la Justicia, y porque era imposible que una religión fundada en la Adoración del Poder llevara a la Creación a la Visión del Espíritu del Creador, el Hijo bajó su Brazo Todopoderoso y viendo el Espíritu del Padre se arrodilló ante su Espíritu Santo, deviniendo por esta Adoración "perfecto", y Pontífice Universal Sempiterno. Amén.

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