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Análisis
de la Epístola de San Pablo a los Hebreos
El Testamento de Cristo y la Ley contra la Guerra
Aquí entramos en el mismo Sagrario. Dejamos de merodear por el exterior de la Existencia de la Divinidad para, deviniendo sus familiares, tener acceso de lleno a la propia esencia de quien es en sí y de por sí "la Vida Eterna"; dejamos de maravillarnos de ser "barro" que habla, figuras de polvo animadas de vida divina, para correr hacia nuestro Creador y seguirle por los campos de nuestro tiempo como sigue el Rebaño a su Pastor, el ejército a su Rey, el hijo a su padre, unidos en una misma marcha contra la Muerte. Nada nos detiene, nuestro paso está marcado, nuestra victoria escrita en los ojos del Dios de la Eternidad, ¿y quién le arrancará la visión de nuestra Victoria de su Mente? Acusados, sentenciados, golpeados, escupidos e injustamente maltratados, las cicatrices de nuestra batalla permanecen para memoria de nuestros huesos. Y en la eternidad el recuerdo de nuestra Victoria será el núcleo contra el que ha de estrellarse por siempre la tentación del regreso al infierno del que saldremos y contra el que nuestra Fe levantará una Civilización Nueva al otro lado del Fin que se acerca. Nuestra carne caminaba a este Fin desde que dijera el Juez de su Creación: "Polvo eres y al polvo volverás". No hay miedo al Fin, sino alegría por el Principio que pareció habernos sido arrebatado el día que nuestro Campeón fue escupido, golpeado, injustamente maltratado y finalmente crucificado como un vulgar despojo. ¿No fue ése el día de nuestro nacimiento, el día en que la sangre sella un nacimiento? Murió El para que nosotros viviéramos; no hay necesidad de nuestra muerte. Para regalarnos la vida se dejó quitar la suya. Jurando así Dios sobre su sangre que muriendo El quedaba su Descendencia exenta de muerte. Alegría pues, y todos a por la Victoria. Y ahora al lío. Dice el Espíritu Santo:
Y el primer pacto tenía su ceremonial y su santuario
terrestre. Fue construido un tabernáculo, y en él una primera estancia, en que
estaban el candelabro, y la mesa, y los panes de la proposición. Esta estancia
se llamaba el Santo. Después del segundo velo, otra estancia del tabernáculo,
que se llamaba el Santo de los Santos, en el que estaba el altar de oro de los
perfumes y el arca de la alianza, cubierta toda ella de oro, y en ella un vaso
de oro que contenía el maná, la vara de Arón, que había reverdecido, y las
tablas de la alianza. Encima del arca estaban los querubines de la gloria, que
cubrían el propiciatorio. De todo lo cual nada hay que decir en particular.
Dispuestas así las cosas, en la primera estancia del
tabernáculo entraban cada día los sacerdotes, desempeñando sus ministerios; pero
en la segunda, una sola vez en el año entraba el pontífice solo, no sin haber
ofrecido la sangre en expiación de sus ignorancias y las del pueblo.
Quería mostrar con esto el Espíritu Santo que aún no
estaba expedito el camino del santuario mientras el primer tabernáculo
subsistiese.
Era esto figura que miraba a los tiempos presentes,
pues en aquel se ofrecían oblaciones y sacrificios, que no eran eficaces para
hacer perfecto en la conciencia al que ministraba, pues eran sólo sobre
alimentos, bebidas y diferentes lavatorios y preceptos de una justicia carnal
establecidos hasta el tiempo de la rectificación.
Teníamos, por tanto, en el Templo de Jerusalén la Promesa del Perdón de todos los pecados del mundo en la Sangre del Cordero de Dios, que El ofrecería en Expiación de todos los delitos cometidos por el Género Humano desde la Caida de Adán, estableciendo el Dios de la Eternidad y del Infinito esta Redención en la Ignorancia del Transgresor, quien habiendo sido engañado por un hijo de Dios, no de esta creación, sin saber lo que hacía alzó el hacha de guerra contra las naciones "en la fe de obtener por la violencia del Poder lo que mediante la Paz de la Sabiduría le vendría dado por herencia del Espíritu Santo".
Pero ... Dios ofreció su Cordero a distancia --desde nuestra carne-- infinita respecto al día de la Caída, por esta distancia quedando condenados a destrucción naciones enteras que por el Delito de "aquel hijo de Dios" fueron entregadas a la ruina. ¿Cómo iba Padre tan excelente permitir que le fueran arrebatados tantos hijos sin abrirse en el Tiempo un agujero de horror y terror, viniendo como consecuencia a brotar de la fuente del Amor, de la que El mismo Dios sacia su sed y cuyo manantial escancia en la copa de su Espirítu la alegría que viene del que es amado con pasión que no muere nunca, cómo -digo- iba a permitir El que de esta divina fuente brotase el agua maldita del miedo a la Omnipotencia y al Todopoder de Dios? Magnífico en su Ciencia, brillante en su Sabiduría, delicioso en su Corazón, estableció Dios, sobre la Sangre de su Cordero, desde entonces y para siempre, que todos sus hijos volverían a sus manos, y en el Dia del Juicio Final todos sus hijos, de esta creación, tendrían por Defensor de su Causa a Aquel mismo que por nuestra causa se entregara a la injusticia que viene de la Ignorancia, para establecer sobre la Justicia que viene de la Sabiduría nuestro Conocimiento de Dios, y lo que es más importante, hacer que de su sangre brotara el agua divina del Amor al Creador de todas las cosas, quedando de esta manera milagrosa la relación del Creador con su Creación establecida no en el Miedo a un Ser que es Indestructible y Todopoderoso sino en el Cariño que procede per se de padre a hijo, aun cuando el primero es Dios y el segundo sólo una criatura tomada del barro para clamar contra su naturaleza: Padre, ¿por qué me has abandonado?
Pero Cristo, constituido Pontífice de los bienes
futuros y penetrando en un tabernáculo mejor y más perfecto, no hecho por manos
de hombres, esto es, no de esta creación; ni por la sangre de los machos
cabríos y de los becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para
siempre en el santuario, realizada la redención eterna.
Porque si la sangre de los machos cabríos y de los
toros y la aspersión de la ceniza de la vaca santifica a los inmundos y les da
la limpieza de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el espíritu
eterno a sí mismo se ofreció inmaculado a Dios, limpiará nuestra conciencia de
las obras muertas para dar culto al Dios vivo!
Por esto es el mediador de una nueva alianza, a fin
de que, por su muerte, para redención de las transgresiones cometidas bajo la
primera alianza, reciban los que han sido llamados las promesas de la herencia
eterna.
Aleluyas, pues, en los espacios infinitos, y amenes en las dimensiones eternas, porque el Creador no renunció a su Creación, ni dobló la cabeza como quien da por consumada la ruina de su aspiración gloriosa, sino que, exaltándose, en su Verdad invencible levantó sus brazos para, dejándose crucificar, mostrar su Indestructibilidad en el Acto de la Resurrección.
¡Cantad, poetas, salmos nuevos al arpa de seis cuerdas, la que habla con la voz de la tormenta, batid rayos y truenos contra el pellejo que antes hablara gritos de guerra! Miradme estrellas, estoy ensangrentado, acribillado por el cuchillo de los milenios, atrapado entre las sábanas de una vision que no se va de mi cabeza. Despierta, Humanidad, levántate de tu sueño. No es hora de promesas. A vestirse que ya el Dia alborea. Ay mi cabeza, dura como el hierro, mi voluntad como el diamante que jamás se quiebra. Siento el metal en mis huesos como juramento escrito con tinta de fuego. Corramos. La Victoria es nuestra.
Así pues, lo que habia sido constituido bajo juramento como Promesa sempiterna tenia que vestirse de carne y derramar su sangre con objeto de quedar sellada la Nueva Alianza entre Dios y su creación entera. Porque si por un único hombre todo el mundo fue entregado a la ruina, era solo natural que siendo Dios el que era la Restitución del Género Humano a su Creador implicase una Alianza Nueva entre todas las naciones y el Dios de todas ellas. ¿Porque conociendo a Dios, hay algo más natural que Dios no se dejase intimidar por el Infierno y aceptase el reto de una Guerra Total contra su Creación por parte de la Muerte? Y no sólo era natural, sino que de no haberla aceptado no amáramos a Dios bajo ningún concepto, y como el amor por ley no puede ser impuesto a quien es libre y está en posesión de todas sus facultades ontológicas, ni el mismo Dios puede hacer que el infierno se convierta, fue en Su Sí a la Guerra Total contra la Muerte de su Creación según el Espíritu Santo del Infinito y la Eternidad que Dios hizo brotar en todas sus criaturas, las de esta creación como en las de las anteriores, el Amor al que El es, quedando así fundada la relación entre Creador y Criatura, de una vez y para siempre, en el Amor de un padre a sus hijos y no en el miedo de una creación a un creador todopoderoso y omnipotente. Sobre lo cual hay que decir mucho, pero no será en este momento.
Porque donde hay testamento es preciso que
intervenga la muerte del testador.
El testamento es valedero por la muerte, pues nunca
el testamento es firme mientras vive el testador.
Y ni el primero fue otorgado sin sangre; porque,
habiendo leído al pueblo todos los preceptos de la Ley de Moisés, tomando éste
la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua y lana teñida de
grana e hisopo, asperjó el libro y a todo el pueblo, diciendo: “Esta es la
sangre de la alianza que Dios ha contraído con vosotros”.
Y el mismo tabernáculo y los vasos del culto los
asperjó del mismo modo con sangre, y,
según la Ley, casi todas las cosas han de ser purificadas con sangre, y no hay
remisión sin efusión de sangre.
De una Promesa saltamos a otra. Si por la primera el Mundo quedó en suspense y la creación entera contuvo el aliento a la espera de su realización, máxime cuando el pueblo al que se le dio por misión mantener vivo su fuego fue una nación pequeñita, sin apariencia ni fuerza delante de las naciones, y para mayor dificultad -si cabe- sujeta a la misma ley de ignorancia que tenía esclavizado al resto del mundo, pues de no haber existido ignorancia hubiera sido innecesario el templo y sus sacrificios expiatorios, y por esta ignorancia y aquella debilidad la promesa de victoria parecía diluirse en las aguas turbulentas de los siglos hasta llegar al Pesebre donde- se dice- naciera Aquel nacido para ser el Cordero de Dios ... Y porque había nacido para ser el Cordero precisamente Aquel que resucitara para ser el Rey, la Promesa de Su Reino Universal en la Tierra quedaba de nuevo en suspense, y a la creación entera, aunque coronada, volvía a llenársele de lágrimas el rostro; mas si las primeras lágrimas fueron de temor ante lo desconocido, a saber, la Victoria de Cristo Jesús, y en su sabor la desolación se apercibía, en las segundas, aunque terribles sobre la sangre de tantos inocentes llevados al matadero del Sacrificio, el cántico de los sacrificados en el altar de la Redención endulzó con el grito de victoria el paso del Cristianismo por los siguientes siglos, luciendo al final de la Noche de los Obispos la Vida espléndida de la Promesa que sellara con su sangre el Rey, de traer a luz Descendencia en el Espíritu.
De Promesa a Promesa, de una Descendencia a otra, de la Descendencia de Abraham a la Descendencia de Cristo. Y si la primera estaba predestinada al Sacrificio, la segunda, muriendo los primeros para que nosotros viviéramos, vivimos para una Promesa hecha realidad.
Era, pues, necesario que las figuras del santuario
celestial fuesen purificadas, pero el santuario mismo del cielo había de serlo
con más excelentes sacrificios; que no entró Cristo en un santuario hecho por
mano de hombres, figura del verdadero, sino en el mismo cielo, para comparecer
ahora en la presencia de Dios a favor nuestro.
Ni para ofrecerse muchas veces, a la manera que el
pontífice entra cada año en el santuario en sangre ajena; de otra manera sería
preciso que padeciera muchas veces desde la creación del mundo. Pero ahora una
sola vez, al cumplirse los siglos, se manifestó para destruir el pecado por el
sacrificio de sí mismo.
Y por cuanto a los hombres les está establecido
morir una vez, y después de esto el juicio, así también Cristo, después de
haberse ofrecido una sola vez para tomar sobre sí los pecados de todos, por
segunda vez aparecerá, sin pecado, a los que le esperan para recibir la salud.
De donde se ve que establecida la Necesidad quiso Dios hacer de su consumación sello con el que hacer inaccesible a los siglos el testamento de su Hijo. Y como habiendo descendencia es el hijo el que hereda y la madre la que dispone de todas las cosas hasta la mayoría de edad del heredero de su esposo, viendo el Espíritu Santo esta disposición dio testimonio del Futuro diciendo "pero esperamos la libertad de los hijos de Dios", hablando asi en nombre de la creación entera. Pues, en efecto, habiendo declarado Dios pasado todo lo Antiguo y estableciendo su Reino sobre el Fundamento de la Gloria "sola y única" de su Hijo Primogénito, declarando el Fin del Imperio y anunciando el principio del Reino Universal de su Unigénito, era solo natural que el Rey fuese coronado delante de toda la casa de Dios y regresase a su Mundo para sentarse en Su Trono sempiterno, quedando de esta manera nuestro mundo a la espera de la consumación de los tiempos, sobre cuyo Fin, "polvo eres y al polvo volverás", dispuso Dios por la Sabiduría que viene de la experiencia que se estableciese en la Inteligencia de toda su creación la Causa por la que El ha establecido Prohibición, bajo pena de muerte, contra la Guerra.
No nos queda en este capítulo más que unir nuestro pensamiento al de Dios, nuestro Rey, y declarar la Abolición de la Guerra y la declaración de la Pena de Muerte contra todo ejército que se alce en guerra contra su prójimo, sea de nuestro mundo o de cualquiera de los mundos de la Creación de Dios.
Esta es la Ley del Reino de Dios, la Ley que transgredió el Primer Hombre. Porque la Guerra es el fruto del árbol de la la Ciencia del bien y del mal, bendito sea Dios por haber mantenido la Ley contra la sangre de su Hijo, bendito por haber hecho manar de ésa sangre su Reino, y bendito de nuevo por haberle dado la Corona de su Reino a Aquel que derramó su Sangre antes que hacer de su Brazo un hacha de guerra.

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quí |