...He
aquí que lo que se escribió al Principio,
"Adán, hijo de Dios", vuelve a escribirse
al Final: Cristo Jesús, hijo de Dios. Escrito con
el que Dios demostró delante de todas las Naciones
del Universo que El jamás sentenció al Hombre
al destierro eterno de su Reino. Pero habiendo roto su Mandato
la propia fuerza de la Ley juzgó el delito y acorde
a sus causas El administró Juicio. La sentencia contra
el Género Humano era firme, pero únicamente
por un tiempo, cual se correspondía a la naturaleza
del propio delito. Habría de llegar el Día
de la Libertad; el Día en que una vez penado el Delito,
por el que la Mente del Hombre fue encerrada entre los muros
de la Ignorancia, la condena satisfecha, la Puerta se abriría
y el Hombre entraría en posesión de su Heredad,
el Espíritu de Dios, el Espíritu de Yavé:
Espíritu de Sabiduría e Inteligencia, espíritu
de Entendimiento y Fortaleza, espíritu de Consejo
y Temor de Dios. En fin, el espíritu de Cristo. Pero
Dios, en su maravillosa omnisciencia y habiendo sufrido
contra su Voluntad la pérdida de su hijo, el Hombre,
nosotros, quiso celebrar la Fiesta de la Libertad, estando
nosotros aún en el Destierro de su Espíritu,
mediante la visión de la Verdadera Naturaleza de
su Paternidad Universal, que se manifestó en Cristo
Jesús y sus Discípulos: a fin de que no le
tuviéramos miedo a la Libertad de la gloria de los
hijos de Dios, en razón de la cual el Género
Humano fue creado y, en consecuencia, su luz nos es tan
natural como el sol, el aire y el agua. La espiritualidad
no es por tanto una dimensión extraña a nuestra
naturaleza. Al contrario su ausencia es la que causa la imposibilidad
fáctica que le impide a nuestra inteligencia una
evolución omnisciente sin límites: dentro
del espacio de la Ley Divina, siempre- se entiende.
Porque
los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos
son hijos de Dios.
...Tal
es la razón redentora cristiana bajo cuyo crecimiento
la Civilización saltó de la Filosofía
a la Ciencia, salto que de por sí sola -como se ve
de su muerte bajo los pies de los Bárbaros y su resurrección
de manos del Cristianismo- la Civilización no podía
realizar, y, gracias a Jesucristo y sus Discípulos,
tuvo lugar. La declaración de San Pablo no es, entonces,
gratuita. El reconocimiento de la Filiación Divina
del Movimiento Cristiano procede de la glorificación
de Aquel que sobre todos extendió su Paternidad,
por cuya Voluntad ese salto de la Civilización fue
posible y sin cuyo Poder y sabiduría la Civilización
jamás hubiera salido de la tumba en la que la enterraron
los Atilas de aquéllos siglos. Al Cristianismo y
sólo al Cristianismo, hablando entre hombres, le
corresponde la gloria imperecedera de haber producido el
milagro del Renacimiento de la Civilización. Lo otro,
sostener que sin el Cristianismo la Civilización
hubiera sobrevivido al peso de la Invasión y Destrucción
del Mundo Antiguo, es pura demencia. Los efectos de aquélla
Gesta saltan a la vista. Que ahora quieran algunos deslegitimar
los efectos partiendo de los límites puestos en marcha
es discurso de la misma raiz demencial anterior, y que entra
dentro del discurso natural a la operación de lavado
de cerebro que suelen poner en acción los enemigos
de la Revolución Cristiana, para quienes antes de
ellos era el infierno y con ellos comienza el paraíso
a florecer a los pies de sus líderes, nacidos para
la eternidad. Lavado de cerebro cuyos efectos esquizoides
violentos los tenemos en carne y sangre en el Cementerio
del Siglo XX, donde quisieron enterrar al Cristianismo en
razón de unas causas revolucionarias universales
que, curiosamente, contra la bondad de sus orígenes,
hundieron al mundo en el infierno de las guerras mundiales.
Que
no habéis recibido el espíritu de siervos
para recaer en el temor, antes habéis recibido el
espíritu de adopción, por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre!
...Ante
nada ni nadie, entonces, tenemos que excusar, justificar
o simplemente hacer comprender nuestro derecho a vivir y
gobernar nuestra Civilización acorde al reino de
la Ley Universal Divina que con su sabiduría mantiene
vivas y en constante crecimiento todas las Naciones de la
Creación. Que tuviéramos que justificar lo
que compramos con nuestra sangre, es una petición
imposible de satisfacer porque su discurso implica nuestra
renuncia al Gobierno de nuestra Civilización. Nuestro
Derecho al Gobierno Universal de la Civilización
no puede ser discutido ni sujeto a tela de juicio.
El
Espíritu da testimonio a nuestro espíritu
de que somos hijos de Dios,
...Y
lo contrario, que siendo nosotros, los Cristianos, los fundadores
de este Mundo, y por Cristianos hijos de Dios, que nosotros
fuéramos gobernados en nuestra propia Casa y Reino
por un Poder extraño a quien es el Rey de nuestro
Universo, viviendo así bajo una ley ajena a la Justicia
sempiterna sobre cuyos Mandatos está articulada la
Creación entera, esta opción,
no importa el discurso que la proteja, es un suicidio que
le afecta a todo el género humano. Siendo nuestro
Padre el Rey y Señor de los Cielos y de la Tierra
sería un suicidio colectivo vivir bajo la ley no
de nuestro Dios y Padre sino la de un enemigo de su Casa
y Reino. Que somos lo que somos es un hecho que está
más allá de la esfera del diálogo con
quienes, una vez ofrecido el diálogo usaron el diálogo
para conducir al mundo a la destrucción total, a
todos los niveles, de la que hemos salido indemne gracias
y exclusivamente sólo a la Sabiduría de nuestro
Creador. No hay más diálogo posible sobre
nuestro derecho e Identidad.
y
si hijos, también herederos; herederos de Dios, coherederos
de Cristo, supuesto que padezcamos con El para ser con El
glorificados.
...La
timidez y la caridad hasta el límite de dejarse aplastar
por quien usa nuestro entendimiento y deseo de paz para
aniquilar la Civilización que fundaron nuestros padres
con su sangre y sobre el tesoro de su sacrificio impereceredero
se alza nuestro Derecho al Gobierno de la Civilización,
que nos pertenece, por la sangre y el Espíritu; la
timidez es, hoy, una confesión de renuncia a la Fe
en la que hemos nacido, nos criamos y nos movemos. Hijos
de Dios, como dice en otra parte San Pablo, hermano de Cristo
Jesús por obra y gracia del Espíritu de Dios,
todo nos pertenece, lo mismo las cosas de los Cielos que
las de la Tierra. Ahora bien, si entre nosotros existe división
por cuestiones puramente teologales procedentes de causas
ya desaparecidas, ¿¡cómo haremos efectivo
nuestro Derecho!? ¿¡Acaso puede Dios Padre
admitir semejante discordia entre sus hijos y siervos más
allá de un tiempo!? ¿¡No habría
de llegar el Día de proceder a dar Fin a semejante
División en su Casa y Reino mediante el Anuncio de
su Voluntad Unificadora!? Ya veremos en el próximo
capítulo que Sí. |