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BIBLIOTECA TERCER MILENIO
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El Evangelio de Cristo según San Pablo
El plan de Dios sobre los elegidos
Es difícil decir hasta qué punto la
obviedad necesita explicarse, hacerse entender, abrirse el pecho de costado a costado
y quedarse desnuda a fin de que las inteligencias sin consciencia de su
esencialidad lleguen siquiera, pues que no a entender la naturaleza de la
verdadera realidad de todas las cosas, al menos sí a captar la conexión entre
esa naturaleza y su inteligencia, que duerme bajo las pesadas cadenas de las
necesidades diarias. Aquéllos que velaban pero se movieron entre tinieblas en
lugar de defender la fragilidad humana usaron el estado de inconsciencia
general para alzarse ellos como alguna especie de dioses superhumanos a cuyos
pies debían ponerse lo mismo el poder que la gloria. Alzar el pensamiento y ver
la verdadera naturaleza del universo en la mente de quien le diera origen y
forma devino inconsustancial, en base y sobre todo a que la satisfacción del
ego propio convivía mejor con la esclavitud que con la libertad de los pueblos
y las naciones a costa de cuyo sudor, contra la ley, hacían su agosto. Tanto
más delictivo el caso por cuanto el sudor dio paso a la sangre. La situación,
por tanto, en la que a causa de la Caída, tuvo Dios que restaurar su Plan
Universal de Formación del Hombre a la Imagen y Semejanza de su Hijo forjaron
realidades concretas, específicas, unas veces demoledoras y otras llenas de
gracia, sobre cuyo camino la Voluntad Divina tuvo que marcar época.
Ahora bien: sabemos que Dios hace
concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus
designios son llamados.
La Caída no sólo transformó el
comportamiento y las relaciones humanas. La conexión entre el núcleo divino y
la periferia humana quedó también rota. El efecto a largo plazo de la ruptura
entre Creador y criatura se tradujo en la necesidad que el primero tendría en
adelante de hacer su trabajo de Formación del Hombre contra la Ignorancia del
segundo. La esperanza de los autores de la Desobediencia del Hombre era que esa
ruptura no volviera a restablecerse nunca jamás. El Plan de Dios: restablecer
su relación con el Hombre, liderar su camino fuera de las profundidades del
infierno en que su mundo devino y elevarlo a su altura de su Hijo, consolando
mediante esta Libertad sin límites al Hombre que, contra su Voluntad, fuera
desnucado por la Muerte con la quijada de un asno llamado Satanás. La oposición
del mundo a su propia Liberación estaba garantizada, pues. La Ley tenía que
consumarse porque el Delito había sido cometido. Nada ni nadie podía anular la
Sentencia sino el propio Tiempo. Pero para cuando llegara el Día de la
Restauración, simplemente por inercia milenaria, la lucha abierta contra sus Elegidos,
es decir contra los libertadores del ser humano, sería terrible. Uno por uno
todos caerían en el campo de batalla. ¿Dónde está el loco que se lanza a una
guerra a sabiendas que yacerá cadáver bajo las botas del enemigo? La elección
de quienes habrían de Restaurar mediante su Sacrificio el Plan Universal de
Formación de la Plenitud de las Naciones a imagen y semejanza de los Pueblos
del Cielo, esa Elección no podía ser al azar. El destino de sus Elegidos sería
la cruz.
Porque a los que de antes conoció, a
ésos los predestinó a ser conforme a la imagen de su Hijo, para que éste sea el
primogénito entre muchos hermanos;
Muchos siglos mantuvo bajo control
todopoderoso Dios sus nervios en fuego. La imagen del estado de sus nervios lo
tenemos en la Zarza que ardía sin consumirse. Ni el fuego se apagaba ni la
Zarza se consumía. Un control perfecto de sus nervios. Tan perfecto que el
mismo enemigo de su Criatura y de su Creación se atrevía a presentarse ante su
trono porque le era imposible detectar en el Ser del Creador el Fuego que
contra su Crimen devoraba su Mente. La espera había sido larga. La Restauración
del Plan Divino de Formación del Hombre a la Imagen y Semejanza de su Hijo se
había estado fraguando en su Omnisciencia milenios enteros. Lo vemos en la
Biblia, el detallismo perfeccionista de su Autor. Así que cuando el Día llegó
El mismo eligió en el seno de sus padres a quienes a su Hora habrían de
responder a Su llamada.
y a los que predestinó, a ésos
también llamó; y a los que llamó, a ésos los jutificó; y a los que justificó, a
ésos también los glorificó.
No engañó Dios a los Hermanos de su
Hijo. En este orden Descartes no fue más que un pobre idiota. Dios no le mintió
jamás al Hombre. Desde el principio tuvo la Verdad en su boca. “Si comes,
morirás”. Y así fue. Y para que esta vez las Palabras no fuesen tomadas a
chirigota, Su Palabra se hizo carne a fin de que sus Elegidos no dijeran: “No
sabíamos que la Cruz era el término de nuestro Camino”.
¿Qué diremos, pues, a esto? Si Dios
está por nosotros, ¿quién contra nosotros?
Y sin embargo el Fin era el Principio
de una Nueva Realidad, para los Elegidos porque de las profundidades de la
muerte eran elevados a las alturas del trono del Hijo de Dios. Y para el Género
Humano porque al precio de Su sangre los hijos de Dios, de la descendencia de
Abraham, restablecieron por la eternidad el Vínculo Sagrado entre el Hombre y
Dios, firmando con su Cruz una Alianza sempiterna, por la cual la Humanidad en
Cristo no será jamás destruida.
El que no perdonó a su propio Hijo,
antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no ha de darnos con El todas las
cosas?
Esta fue la Recompensa, la meta tras
la que corrieron los Elegidos y ante la cual, conociendo por la Palabra y la
Carne que el precio era la Cruz, ni se amilanaron ni se echaron a temblar, sino
que mirándonos a nosotros, el fruto de su Sangre en el Espíritu, se desnudaron
y tiraron su carne y sus huesos a los leones y el fuego. Del Cristiano es, por
tanto, el mundo y todo lo que contiene. Como se ha visto en los dos milenios
pasados y ha de hacerse realidad Histórica en lo que va de siglo.
¿Quién acusará a los elegidos de
Dios? Siendo Dios quien justifica, ¿quién condenará?
Lo implicaba la Creación del Hombre: “Hagamos al
hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar,
sobre las aves del cielo, y todos cuanto se mueve sobre la faz de la tierra”. Pero fuimos
desposeídos de nuestra Heredad y obligados a vivir en nuestro mundo como quien
ha caído de otro planeta y el mundo se rebelase contra hijos no nacidos de su
carne. Mas lo fuimos por un tiempo, el periodo que durase la Sentencia contra
la Desobediencia habida. Pasado ese tiempo el Hombre sería restaurado en su
heredad. El Hombre en Cristo, jamás ya fuera de El -se entiende. Justificados
pues por la Sangre y el Espíritu el Futuro es del Cristiano.
Cristo Jesús, el que murió, aún más,
el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, es quien intercede por
nosotros.
Y siendo nuestro Salvador, el Brazo de
Dios, Aquel por el que el Todopoderoso ejecuta sus Obras, ¿quién nos impedirá
entrar en posesión de nuestra Heredad? Es decir, ¿quién hará
que Dios desista de su Plan de Salvación Universal, le cortará el paso y le
impedirá consumar la Restauración de su criatura a su Imagen y semejanza?
¿Quién nos separará del amor de
Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez,
el peligro, la espada?
¿El Comunismo, el Islam, el
Socialismo, el Ateísmo, el Materialismo Científico? Todos son
movimientos de las tinieblas bajo la luz del Día que amanece y que, como la
Serpiente coletea una vez decapitada, se mueven violentamente antes de expirar
para siempre. Nadie puede cambiar el Pasado ni borrar del Libro del Tiempo el
Futuro que Dios tiene en mente.
Según está escrito: Por tu causa
somos entregados a la muerte todo el día, somos mirados como ovejas de
degüello.
Y si ni el dolor de aquéllos a quienes
tanto amó hizo temblar Su pulso, tanto menos lo hará el odio de aquéllos que se
alzaron contra su Omnisciencia y creyeron que en la Guerra contra el
Cristianismo estaba la Victoria de sus fuerzas contra el Mal que tiene aún
encerrado entre sus muros a una gran parte de nuestro mundo.
Mas en todas estas cosas vencemos
por aquel que nos amó.
Cuanto más nosotros, descendencia de
Cristo, para quienes la Cruz no es el término una vez que la Necesidad ha dado
paso a la "libertad de la gloria de los hijos de Dios".
Porque persuadido estoy que ni la
muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo
futuro, ni las potestades,
Toda la razón para nuestro Apóstol. Y
el que tenga que decir lo contrario, que no se prive.
ni la altura, ni la profundidad, ni
ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Jesús, nuestro Señor.
Y si a los siervos nada ni nadie pudo impedirles alcanzar la gloria, ¿quién le impedirá a los hijos de ese mismo Señor entrar en la Heredad para ellos reservada por Testamento, firmado con Sangre ante todas las naciones de la Tierra y del Cielo?
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