BIBLIOTECA TERCER MILENIO
 

El Evangelio de Cristo según San Pablo Análisis biohistórico de la Carta a los Romanos

 

 

La obra de Adán y la de Jesucristo

 

Posiblemente este sea uno de los capítulos más crípticos de toda la Carta. Sus declaraciones son de una profundidad tan intensa y sus conclusiones de una vastedad tan enorme. Por regla general se tiende a pasarlo por alto. No se procede a una inmersión y despliegue. Su profundidad y vastedad son de una riqueza tan brillantes que su resplandor previene y genera el respeto a semejantes aguas. Los judíos no han querido jamás posar sus ojos y abrir sus oídos a este capítulo de la Carta por razones evidentes. Es su padre original, Adán, quien es declarado culpable de la situación del mundo durante los últimos seis milenios. Ellos que se vanaglorian de tener por padre a Abraham se blindan a sí mismos frente al hecho de tener por padre original, y padre de ese mismo Abraham, al hombre cuyo delito arrastró a la Humanidad al infierno. Su blindaje es un escudo propio de locos. Dicen que cuando Adán es declarado el Primer Hombre esto se interpreta diciendo que aquél hombre es el padre carnal lo mismo del hombre de piel negra que del piel blanca, lo mismo es padre del hombre de piel roja que del piel amarilla, y, no faltaba más, del hombre de piel oliva. Sobra cualquier tipo de discusión con el loco que contra ciencia, sabiduría y razón alza su guerra santa particular a favor de semejante declaración solemne de locura. Es cierto, digámoslo todo, que dos milenios atrás el conocimiento de la civilización no había dado el salto revolucionario que nos aleja de su sistema de visión de la realidad. Juzgar a aquellas generaciones desde este lado del abismo es un ejercicio que no nos compete. Sí, en cambio, ver que lo que ayer era una alternativa cuerda, hoy es discurso de locura. Cualquiera que mantenga el origen carnal de todas las razas humanas en los muslos del hombre declarado culpable de la tragedia de la Humanidad en esta Carta, cualquiera que pretenda seguir emparentando carnalmente a todos los pueblos en las carnes de Adán comete un ejercicio de demencia. Desgraciadamente aún hay entre los judíos quienes siguen manteniendo semejante visión del Pasado de la Humanidad a fin de no aceptar las consecuencias de la Biblia.

...Desde el lado cristiano el dilema que suscita este capítulo es gordiano. ¿Porque bajo qué contexto puede ser justificado el juicio de condenación contra una multitud sin número de inocentes a cargo del delito cometido por un único hombre? ¿Acaso perdió Dios el juicio al condenar por la desobediencia de un sólo individuo a la Humanidad entera? ¿Dónde está el demente asesino que por la falta de un individuo jura destruir toda su nación y su mundo? ¿Es de justicia que por el delito de un individuo, no habiendo tenido parte su familia en su delito sea declarada culpable y sentenciada a muerte? Lo que nos parece demencial y propio de una justicia terrorista e infernal nos es ofrecido en esta Carta como un manjar divino, tanto más hermoso cuanto que otorga a quien lo come la vida eterna. Es comprensible, pues, que el cristianismo haya pasado de largo por este capítulo. El temor a ahogarse en sus profundidades y perderse en su vastedad ha sido de siempre más grande que el deseo de descubrir en la Naturaleza Humana la Imagen Divina acorde a cuyo Modelo fue su Ser concebido, tejido y articulado para gloria de su Creador y admiración de la Creación entera.

Así pues, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos habían pecado.

...Hemos saltado dentro y nos disponemos a llegar al fondo de la cuestión. Adán vivió unos 4.000 y pico años antes de Cristo, en Mesopotamia, según el cómputo biblico. La Ciencia, sin fe, ha situado el origen de la Civilización en esa franja de tiempo, justo en el mismo espacio donde dice la Biblia una vez existió el Edén. La Ciencia tiene su propio modelo de evolución histórica y afirma que antes de la Caída los humanos ya se comían vivos, celebraban festines con suculentos niños asaditos, empalados a fuego lento, a la parrilla. La Biblia dice que no, que este tipo de cosas era imposible. Afirma que este tipo de cosas comenzó a darse entre los pueblos justo después de la Caída como consecuencia de la Caída. Y declara que este tipo de cosas fue costumbre entre los pueblos de la Tierra por culpa de un hombre en concreto. Antes de este hombre la Humanidad no conocía la ciencia del bien y del mal. Es decir, no conocía el concepto de propiedad privada, capital, guerra, y no estaba sacudida por enfermedades. Las familias humanas vivían sin trabajar, cultivando la tierra y alimentándose libremente de la abundancia de árboles frutales, cereales y hortalizas. Todo era de todos y el Templo tenía por misión distribuir gratuitamente el fruto de las cosechas acorde a las necesidades de cada familia. De repente, una buena mañana se levantaron todos para desear no haberse despertado jamás. ¿Cuál fue aquel sueño perdido que al despertar se transformó en una pesadilla? Es importante correr este velo o de otro modo jamás entraremos en la mente de aquellos hombres. En otros tiempos este acceso fue imposible y de no estar viviendo en éstos seguiría permaneciendo vedada sus visiones a nuestra mirada. Desde nuestra posición privilegiada y saturados del conocimiento de la ciencia del bien y del mal nosotros podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el origen de todos los males del mundo estaba dentro de aquella Caja de Pandora en forma de fruta colgando de un árbol. Aquél era el Arbol de la Muerte y su fruto era la Guerra. En consecuencia la visión de futuro que aquella primera civilización tuvo se rigió por una ley de vida y sabiduría desde la que soñó extender su mundo en las alas del Conocimiento y la Paz. El Pecado terrible de Adán, su delito, fue acelerar el proceso y usar la Guerra como medio de Civilización. Es decir, querer imponer por la fuerza su Mundo a los pueblos que aún seguían disfrutando del aquel edénico Neolítico fue el paso, involuntario porque no sabía lo que hacía, que una vez dado levantó entre El y su Dios el Muro de la Enemistad. Y muy bien, todo perfecto, ¿pero por qué Dios no se limitó a quitarle el poder a aquel príncipe de aquella Unión Mesopotámica y entregarle la dirección del Proyecto Civilizador de la Humanidad a un conciudadano suyo? Los judíos no quisieron entrar en este tema jamás porque para ellos Adán era el único hombre por aquel entonces. La Arqueología ya ha demostrado que antes de su nacimiento su tierra estaba habitada por ciudades estados. De manera que unificando las dos verdades es donde se halla la perla de la realidad envuelta. Adán, en efecto, fue hijo de una civilización naciente con vocación de futuro universal cuyo movimiento en el espacio se estuvo realizando al ritmo de las alas de la libertad y la ciencia, los dos brazos de la Sabiduría que desde el principio guiara la evolución creadora de la vida en la Tierra desde el barro a la condición humana. Sin este escenario cualquier intento de comprender el origen de la tragedia de la Humanidad cae en esa selva donde el hombre no es más que una bestia comiéndose a sus propios hijos.

Porque antes de la Ley había ya pecado en el mundo, pero el pecado no es imputable si no existe la Ley.

Aquella perversión del medio a emplear para seguir adelante sin Dios el Proyecto de Formación del Género Humano fue el detonante de la pérdida de un sueño, el primero y más hermoso que vivó en sus carnes la Humanidad. El error de Adán se extendió por todas las ciudades de su mundo. Los Caínes se multiplicaron en una reacción en cadena que regó de sangre aquél paraíso creado por la unión de familias y razas venidas de todos los puntos de Europa, Asia y Africa. Desconocedores de la ciencia del bien y del mal, ignorantes sobre la avalancha de pasiones que la fuerza como medio de expansión lleva consigo, Abel fue el primero de sus semejantes sobre cuyos cadáveres comenzara su andadura la lucha por el Dominio de las Cuatro Regiones. Tal como se dice en esta Carta aquellos hombres no vivían bajo ninguna Ley. Se unieron espontáneamente, libres y pacíficamente comenzaron a crear sus ciudades. El amor a la vida era la ley sagrada inscrita en sus genes, no escrita en códigos, bajo su estrella sus familias se fundían en una familia universal más grande cada día. Todos eran hijos de todos y todos eran padres de todos. Era su mundo. La tierra explotaba de frutos y cereales, hortalizas, agua, la primavera regaba sus campos, el sol maduraba sus frutos y cosechas, el otoño a disfrutar, el invierno a hacer el amor alrededor del fuego de la felicidad. No tenían ejércitos ni concebían el uso de sus instrumentos de trabajo al servicio de la destrucción. Es así que la Biblia dice que estaban desnudos. Tanto que le bastaba a Caín una simple quijada de asno para matar a Abel. Ciertamente y puesto que Dios no había legislado hechos que no cabían en la naturaleza humana, no habiendo Ley, aunque no por no haberla dejase de ser menos delito el fratricidio cainesco, no existiendo Ley no puede ser llevado ante un tribunal quien no está sujeto a legislación. Lo cual quiere decir que la necesidad de la Ley devino inevitable a fin de que el hombre reconociera la naturaleza de sus actos y su conciencia albergara en su código interno el concepto de culpabilidad. Vemos en la respuesta de Caín a Dios que el fratricida no deja traslucir sentido de culpabilidad de ninguna clase. Quería el Poder, su hermano se interponía entre él y su deseo de conquistar el mundo, y lo eliminó en bien de toda la Humanidad. Sencillo, simple. Con la misma naturalidad quienes hacía un día se dedicaban a dejar en las manos de Dios el ritmo de crecimiento de la Civilización un día después alzaban sus brazos para reclamar para sí ese Poder sobre los cadáveres de todos los que se negaron a secundar sus delirios.

Un nuevo nudo sobresale aquí: ¿Cómo pudo producirse un cambio tan brusco en la personalidad de Caín de la noche a la mañana? El Apóstol dice: por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Y nosotros nos preguntamos: ¿Acaso aquellos hombres habían conseguido la Inmortalidad? ¿O será que hablando de la muerte el Apóstol entiende algo más que un simple dejar de respirar? Tengamos en cuenta que el primero en escandalizarse y sufrir el efecto devastador de la Caída no fue Abel, ni el propio Adán, el primero fue el mismísimo Dios. Fue Dios quien sintió la Desobediencia de su hijo pequeño, nuestro Adán, fue Dios quien sufrió la lanza entrarle por el costado y atravesarle el corazón. En suma es lo que en sus carnes nos recordó su Hijo Mayor, Jesucristo, dejándose clavar la lanza hasta lo más hondo de su ser. Porque de lo contrario, de no haber sido así, tendríamos que coincidir con quienes afirman con los judíos, aunque se dicen cristianos, que Dios hace lo que quiere y a unos predestina para la gloria y a otros para el infierno, y bueno, a Adán lo predestinó para el infierno, y al resto para seguirlo en su Caída, entre los que eligió para sí unos cuantos, judíos y cristianos, para la vida eterna. En definitiva, Dios sería un monstruo, un terrorista elevado a la categoría máxima, infinita. Si a los judíos del antiguo orden mundial y a los protestantes de cuño calvinista semejante Dios es el que es, se entiende que vivan la locura de su predestinación como causada por el pecado de un hombre, padre de blancos y negros, amarillos, rojos y olivas. Hemos llegado al punto en que no podemos comprender la Biblia sin la ciencia, ni la Ciencia puede comprender la Historia sin la Biblia.

Pero la muerte reinó desde Adán hasta Moisés aún sobre aquellos que no habían pecado, a semejanza de la transgresión de Adán, que es el tipo del que había de venir.

Fue el de Dios, pues, el pecho buscado por la lanza de la traición. El Hombre no fue más que la lanza, un instrumento al servicio de una causa que superaba al propio hombre y lo esclavizaba a sus intereses antidivinos. Pero más allá de la clásica Batalla entre el Diablo y Cristo tenemos que ver la Desobediencia de Adán como trompeta de declaración de guerra apocalíptica. Si Adán era la lanza, y el cuerno era Satán, quien soplaba era la Muerte. En la Tercera Parte de la Historia Divina os introduje a las Memorias de la Increación. Resumiendo podemos decir que la Vida y la Muerte son realidades que existieron en el cuerpo de la Increación sin causar en su curso ningún desequilibrio antinatural. Este desequilibrio comenzó cuando Dios provocó una revolución cósmica que implicaba el destierro de la Muerte del cuerpo de la Realidad Universal Increada. Pero Dios no fue consciente de esta implicación durante todo el Camino de la Increación a la Creación. Para El el reto estuvo en coger en sus Manos el origen de la Vida y conducir su evolución desde el barro a la vida a su imagen y semejanza. La Muerte en cuanto entidad increada e indestructible por tanto no entró dentro de su campo de visión sino el Día que cayó Adán. La muerte de su hijo pequeño le abrió los ojos al verdadero enemigo de su Creación. Y era lógico. Para Dios era imposible entender que una simple criatura de barro, formada con sus propias manos, que El podía barrer de la escena con un simple soplo, se atreviera a declararle la guerra. La Creación implicaba el fin de la Muerte como parte natural del proceso de la evolución de la vida, parte que le fue natural a la Muerte desde el Principio sin principio de la Increación. Y era natural que en cuanto Fuerza Ontológica Increada buscara, pues que no podía destruir a Dios, obligar a Dios a integrar en su Idea de la Creación su existencia. Ciertamente Dios hubiera podido haber bajado la cabeza en señal de derrota y reajustado su Idea para integrar la Vida y la Muerte en el cuerpo de la Creación, actuando El como un Dios de dioses sin ley que actúa en el mundo para salvar a quien quiere y abandonar a su suerte al resto. Pero...

Mas no es el don como fue la transgresión. Pues si por la transgresión de uno mueren muchos, cuanto más la gracia de Dios y el don gratuito conferidos por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, ha abundado en beneficio de muchos.

La Batalla Final había comenzado. Ni Adán ni Satán. La Guerra era entre el Cielo y el Infierno. Adán había sido un peón en la guerra particular de Satán y los suyos, y éstos un peón en las manos de la Muerte. La Vida puso su Visión en los ojos de Dios, y también la Muerte puso la suya, el Infierno. Dios amó el Cielo, la visión con la que la Vida lo sedujo, y aborreció la Idea del Futuro con el que la Muerte lo tentara. De ahora en adelante, una vez que había visto la Muerte en su verdadera naturaleza ontológica increada, la cuestión se centraba en “la muerte de la Muerte”, por emplear una expresión chocante. De un sitio. Del otro, abrirle los ojos a su Hijo y a toda su Casa sobre el por qué de su No al Infierno de la transformación de su Creación en un Olimpo de dioses sin ley, sujetos exclusivamente a un Dios de dioses, padre de todos ellos que los rige de acuerdo a esa paternidad y no en razón de una Justicia superior a todos los seres. Dicho No Divino sería contemplado en vivo en las carnes de la Humanidad. Una vez y para siempre. Jamás volvería a tener lugar otra Batalla semejante. Así como fue crucificado Cristo una vez y jamás volverá a serlo.

Y no fue el don como la transgresión de un solo pecador, pues el juicio proveniente de uno solo llevó a la condenación, mas el otro, después de muchas transgresiones, acabó en la justificación.

Efectivamente, si la desobediencia de Adán no hubiese implicado a la realidad cósmica en su totalidad Dios hubiera podido traspasar la Corona reservada a él y haber seguido su Proyecto de Formación del Género Humano a la imagen y semejanza de los reinos que componían su Imperio. Implicada esa totalidad, el futuro de la Creación entera pendiente del hilo de la Respuesta de Dios a la declaración de guerra contra su Espíritu Santo, sobre cuya Piedra se basa toda su Mundo, ese acto tan sencillo de quita y pon rey fue aparcado. Contradiciéndose a sí mismo delante de toda su creación, sujeta a la ley de la culpabilidad centrada en el individuo, Dios extendió la condena contra el pecado de uno a todos sus hijos. Y pues que el mundo que nacía de su delito sería el que sobreviviría a la destrucción de su mundo, toda la Humanidad fue condenada por el pecado de un hombre, sin pecar a la manera de ese hombre. Pues para ese hombre sí constaba ley, pero a ningún otro le dijo Dios: “Si comes, morirás”. Y sin embargo, siendo el rey, y por tanto la cabeza del mundo, ¿si cae la cabeza no cae todo su cuerpo? Es de esta manera que Adán era el tipo del que había de venir, y se nos hace ver mediante lo que vemos lo que no vimos.

Pues como por la transgresión de uno, esto es, por obra de uno solo reinó la muerte, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia reinarán en la vida por medio de uno solo, Jesucristo.

Y aquí llega todo el meollo de la Salvación Universal de la Humanidad. Sacrificada a la Necesidad, Dios, en su Justicia Maravillosa, no podía permitir que satisfecha la Necesidad la Humanidad se quedase sin una Puertra Abierta hacia su Paraíso, con tanta más gratuidad el acceso cuanto más duro ha sido su camino. Dios no podía dejar para el futuro la Necesidad que tenía toda su casa de ver con sus ojos el por qué de su No al Infierno. Tampoco. La Creación entera estaba en juego. Ni podía Dios en su Amor traspuesto fortalecer en su Corazón la Esperanza Universal de Salvación a manifestarse al final de los tiempos, y apuntalada sobre Roca en la Cruz de Cristo. De manera que si por la Necesidad la Muerte imperó desde Adán hasta Cristo, su imperio comenzó a perder límites y fronteras según fueron las naciones viniendo al Cristianismo. Y aunque el posicionamiento de la Ciencia implicó un contraataque masivo de la Muerte, cuyo Infierno hizo del siglo XX su madera, la Esperanza de Salvación Universal se ha mantenido fuerte y golpea alegre el corazón de la Creación entera al alba de este Nuevo Milenio y Era.

Por consiguiente como por la transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida.

...Y cómo podía ser de otra forma. Fuimos transformados en actores inconscientes de una Clase de Historia Universal. Había de llegar el Día y sonar la Hora de la Libertad. Ser dueños de nuestro propio destino, actores conscientes de nuestro propio futuro, libres de las cadenas de la ignorancia, hijos de Dios a imagen y semejanza del Hijo Unigénito, conocedores de todas las cosas, incluída la Ciencia del Bien y del Mal.

Pues como por la desobediencia de un solo hombre muchos se constituyeron en pecadores, así tambien por la obediencia de uno muchos se constituyeron en justos.

...La gloria es de nuestro Salvador, porque también El tuvo en sus manos la decisión cósmica que en su día tuvo su Padre, y, palo de tal astilla, prefirió la Vida a la Muerte, el Cielo al Infierno, y desde su Obediencia hizo sonar los clavos con un Sí a la Vida por todos los rincones de la Creación entera. Somos hijos de ese Grito de Guerra del Hijo de Dios. Lo que fue ya no importa, lo que somos es lo que cuenta, y lo que serán nuestros hijos todo lo que nos interesa.

Se introdujo la Ley para que abundase el pecado; pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, para que, como reinó el pecado por la muerte, así también reine la gracia por la justicia para la vida eterna por nuestro Señor Jesucristo.

Vosotros mismos podeis ponerle la puntilla a este capítulo de la Carta.