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BIBLIOTECA TERCER MILENIO
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El Evangelio de Cristo según San Pablo
La justificación,
prenda de la salvación eterna
Por lo que estamos viendo el sentido
de esta Carta tiene que ver con el problema histórico vivo que en aquéllos días
estaba arrasando la conciencia de una gran parte de la comunidad cristiana
naciente. En el 49 los Apóstoles en pleno levantaron la frontera entre el
judaísmo que juzgara a Cristo y lo condenara a muerte y el cristianismo surgido
de su tumba y nacido con la Resurrección de Jesús. Grosso modo el tema tenía
que ver con la convivencia entre la Fe de Cristo y la Ley de Moisés. Los
Apóstoles, de cuya doctrina se hace eco San Pablo en esta Carta, dieron un NO
sin concesiones a semejante convivencia. ¿Es lógico que los hermanos del
asesinado convivan con los asesinos del hermano que les mataron? El miedo de la
fe a caer bajo la maldición de la Ley trajo a flote la posibilidad de esa
convivencia en razón del parentesco sanguíneo entre los primeros cristianos y
los antiguos judíos. Los Apóstoles se levantaron para decir que No, pues la
misma Ley que había asesinado en la carne a Cristo acabaría asesinándole en
espíritu. Y ese No afirmado en el Concilio del 49 quedó sellado para siempre.
Sello que ha permanecido hasta hoy y seguirá permaneciendo eternamente. Pero el
Concilio fue una reunión secreta de particulares y su decisión había de
expandirse por toda la comunidad cristiana del imperio. Así que sería poco
convincente de nuestra parte creer que adoptada la decisión su voz se expandió
a la velocidad de la luz por todo el Mediterráneo, y... sin vencer la consiguiente
oposición sencillamente acabaría con el Judeocristianismo, sin más. Será para
vencer esta oposición que San Pablo, con los vientos de la Gran Persecución
Imperial Neroniana amenazando tormenta, le escribiría esta Carta a los Romanos
reafirmando el No al Judeocristianismo adoptado en el Concilio del 49. Cuando
habla de la Ley se refiere a la de Moisés y cuando habla de obras de la Ley,
mismamente.
Justificados, pues, por la fe,
tenemos paz con Dios por mediación de nuestro Señor Jesucristo
Efectivamente, realizada la Redención
de la que procede el perdón de todos los pecados cometidos por nuestro mundo
bajo el yugo de la Ignorancia, Dios levantó la bandera de su Paz sobre todas
las naciones de la Tierra, llamando a todos los pueblos del Género Humano a
vivir a la luz de la Justicia del Reino de su Amor, Amor personificado en su
Hijo, quien, teniendo Misericorida de todos nosotros, se ofreció a sí mismo
como Mediador entre Dios y nosotros para por el Amor obtenernos la Gracia del
Perdón que precede a la Paz y la Gloria de la Libertad de los hijos de Dios que
procede de la Fe. En nadie más tiene el Hombre esta Libertad y esa Paz, sino en
El, Jesucristo.
por quien en virtud de la fe hemos
obtenido también el acceso a esta gracia en que nos mantenemos y nos gloriamos,
en la esperanza y la gloria de Dios.
¿Dónde está la gloria de Dios sino en
el Amor de sus hijos, y cuál es su Esperanza sino que el Hombre lo llame Padre?
¿Y la esperanza de un padre no es que sus hijos convivan por siempre a su lado
en el Amor por el que los engendrara a la vida? Siendo Padre ¿qué otra
Esperanza puede tener Dios sino que el Género Humano, su Criatura, regrese a su
Casa y la Plenitud de sus naciones vivan en su Reino sempiterno? Que Dios tenga
esta Esperanza y por ella nos diera como Mediador a su Hijo, a sabiendas que le
pagarían su servicio con la Cruz, ¿no es nuestra gloria, lo mismo para los
primeros cristianos que para los últimos? ¿O acaso Dios cambia de corazón y de
mente con la facilifad que cambia de piel la Serpiente?
Y no sólo eso, sino que nos
gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores de que la tribulación produce
la paciencia: la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la
esperanza.
Del terreno de la mirada en Dios
pasamos al de la mirada al Hombre, en este caso, la de los primeros cristianos.
San Pablo se abre el pecho y pone sobre la mesa la naturaleza de la Esperanza
de Salvación Universal por la que estaban luchando y por la que estaban
dispuestos a sufrir y sufrían las persecuciones. Dios no ofreció su Cordero por
los pecados de un grupo de elegidos. El Sacrificio Expiatorio realizado en
Cristo extendió su Gracia sobre todos los pueblos de la Tierra. Y fundada la
conducta del hombre en la ignorancia, y localizado su origen en el pecado de un
solo hombre, Cristo elevó en su Resurrección al Cielo una Petición de
Misericordia que incluía entre sus términos a todos los hombres, tanto a los
que habían muerto como a los que habían de nacer. Porque tanto los que murieron
en el tiempo antes del Nacimiento como quienes nacieron en el espacio después
de la Resurrección pero sin Noticias de Cristo, todos pecaron bajo la misma
ley. De manera que por esa ley todos quedaban comprendidos bajo la bandera de
una Esperanza de Salvación que, por el tiempo y el espacio, no conocieron.
Victoria que, al no depender de ellos, pues estaban unos muertos y otros por
nacer, quedaba en las manos de aquéllos cuyas obras, realizadas en Dios, por
las obras de la Fe edificaban el Argumento de la Defensa... con las Obras de la
Fe.
Y la esperanza no quedará
confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por
virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
El amor, pues, de un Dios Maravilloso
es el que se derrama en su Creación para vestirla de Vida eterna. Obra que fue
destruida y enterrada bajo las aguas de aquel Diluvio Universal por el Eje del
Dragón, cuya cabeza, la Serpiente Antigua, se alzó en Rebelión contra el
Espíritu Santo. Dios, para que juzgásemos por nosotros mismos contra qué se
alzó en guerra la Bestia, cumpliendo su juramento de Venganza por un sitio y de
Promesa de Salud eterna, por el otro, nos hizo jueces del Diablo al amar lo que
el Infierno odia y odiar lo que la Muerte ama.
Porque cuando todavía éramos
débiles, Cristo, a su tiempo, murió por los impíos.
...en la esperanza de hallar en
nosotros, una vez justificados y congraciados, el Juicio dictado por Dios
contra Su enemigo y el nuestro. Victoria conseguida en primera instancia en sus
Apóstoles y Discípulos, quienes por su destierro de la ignorancia y entrada en
el reino de la Sabiduría conocieron la naturaleza de ese Espíritu y, mediante
las obras nacidas de la fe, manifestadas en la paciencia frente a las
tribulaciones, por las que le daban a la Esperanza peso, condenando al Maligno
en la Imitación del Ejemplo de su Maestro demostraron en nombre de la Humanidad
que la esperanza por la que murió Cristo estaba llena de vida y salud, y, cual
hasta un ciego puede verlo, no quedaría defraudada en absoluto.
En verdad apenas habrá quien muera
por un justo; sin embargo, pudiera ser que muriera alguno por uno bueno;
Hablando siempre en relación a la
Salvación. Porque el Justo lo es porque no está sujeto a Ira y Condena, de
manera que por él no cabe sacrificio. Sobre uno bueno pero que vive en la ignorancia
y por esa ignorancia su bondad se pierde no dando más frutos, sí. Es Dios mismo
quien hablando sobre los días de Cristo declara estar todos corrompidos, ser
todos unos impíos, como vimos antes. Mas contra los delitos de nuestros padres
no lanzó su Condena sino su Gracia, demostrando El en el Sacrificio Expiatorio
de los pecados del Mundo que la Ignorancia era la madre de esos delitos. Y si
el sacrificio no fue hecho por Juan ni Juanito sino por todos los pecados del
mundo la Expiación descubre ser obra de la Ley, de manera que sin las obras no
hubiera podido haber Redención. Y el propio Abraham, como hemos visto, fue
justificado por las obras y sin esas obras su fe no se hubiera hecho perfecta
ni sin esas obras hubiera ganado para todas las familias del mundo la Bendición
Universal que nos ganaron sus obras. Y el propio Cristo fue todo Obras, hasta
el punto de declarar: “Si no creeis en mi palabra creed al menos por las obras”.
De donde se ve que la fe que procede de las obras genera fe en quienes no la
tienen. Porque si le fe sola, en tanto que conocimiento, basta para la
salvación, el sacrificio de los primeros cristianos y las tribulaciones
padecidas por los Discípulos fueron actos innecesarios y, de serlo, declararían
a Dios culpable de delito al ser omnipotente y no haber actuado en defensa de
sus hijos para salvarlos a todos de la muerte. Había Necesidad de la Muerte de
Cristo, mas una vez realizado el Sacrificio por la redención de todos los
pecados del mundo, no había necesidad de ninguna muerte más...a no ser...que la
Victoria de la fe le abriera el campo a la Esperanza de Salvación Universal
mirando a la cual la Cruz devino Necesidad.
pero Dios probó su amor hacia
nosotros en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros.
De donde se ve que el fin de la Obra
del Diablo era engendrar en Dios un odio hacia el ser humano, en razón de sus
delitos, a tenor de cuya violencia Dios se olvidase de su Justicia y abandonase
al Hombre a su suerte. Cuatro milenios tuvo el Maligno y su gente para cultivar
el odio de Dios hacia el Hombre. La conducta del género humano durante esos 4
Milenios está recogida en los anales de las historias de los pueblos del mundo.
Es cierto que el fruto de esas obras era generar el odio y en otras
circunstancias ese odio se hubiera hecho un árbol de ira interminable contra el
hombre y su mundo. Sin embargo el Corazón de Dios se mantuvo inaccesible al
odio. Las causas las conocemos. Pero aquélla de entre esas causas que
derretiría el corazón de sus hijos sería la Esperanza de Salvación Universal
que en el centro de su Corazón había hallado Santuario Perpetuo. Por ella su
Hijo dobló sus rodillas y adoró a Dios, y sus hermanos en el Espíritu Santo se
enfrentaron a la muerte adorando al ese Dios Maravilloso que su Hijo les había descubierto
en el Padre.
con mayor razón, pues, justificados
ahora por su sangre, seremos por El salvos de la ira;
.Desterrados de la
Ignorancia y devenidos ciudadanos del Reino de la Sabiduría en virtud del
Sacrificio Consumado, la Ira Divina contra los delitos cometidos con pleno
conocimiento de causa, y por ese mismo conocimiento no cometidos, hace Justo a
todos los que desterrados, certifican ese destierro mediante la conducta de
quien es Ciudadano del Reino de Dios. El Conocimiento, por consiguiente, no define
sino la calidad del delito. Porque habiendo conocimiento ya no hay ignorancia,
de manera que quien conoce no puede sujetarse a ley expiatoria de ningún tipo.
Las obras son lo que definen la naturaleza de Cristo y del Diablo, pues por las
obras conocimos a Cristo y por las obras descubrimos al Diablo. Ahora bien,
quien cree pero no obra sino que se limita a creer, supera a ambos en que vive
la existencia de quien muriendo no puede hacer ni bien ni mal y por tanto no
puede ser juzgado por sus obras. !Un listo!
porque si siendo enemigos fuimos
reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya,
seremos salvos en su vida.
O sea, en la vida de Cristo. Ahora, si
Cristo no hizo nada y se limitó a conocer a Dios y creer que le bastaba este
conocimiento para ser declarado Justo... en este caso los Apóstoles fueron
todos unos asesinos, porque, satisfecha la Necesidad, la fe sola sin las obras
de Cristo les hubiera bastado para crecer y expandirse sin provocar, por causa
de las obras de Cristo hechas en ellos, aquel terrible conflicto en el origen
de las Grandes Persecuciones. Me explico, únicamente un demonio vería algún
sentido en el argumento de la FE SIN LAS OBRAS de Cristo.
Y no sólo reconciliados, sino que
nos gloriamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien recibimos ahora
la reconciliación.
La Verdad resalta sola y no necesita
de las obras ni de la fe de nadie para ser gloriosa, eterna y perfecta.
Imposible de ser alcanzada en su Plenitud con las fuerzas solas del hombre, tal
cual se demuestra en la lógica original de la Filosofía, quiso Dios en su
Maravillosa Paternidad que se hiciese Carne en su Plenitud para en la Persona
de su Hijo no sólo lviéramos la espalda sino también el rostro y la tocásemos
con nuestros sentidos, para con el poder de los sentidos admirar su belleza, su
fortaleza, su salud y su gracia. Inútil criticar el Amor del Hijo por su Padre,
y del Padre por el Hijo. Nosotros mismos, a quienes nos ha sido descubierta la
Maravillosa Esencia del Espíritu de Dios, somos los que repetimos con el autor
de estas palabras eternas: Nos gloriamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo.
Pero si alguno no es aún capaz de entender esta gloria ...
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