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BIBLIOTECA TERCER MILENIO
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El Evangelio de Cristo según San Pablo
El cristiano, unido
a Cristo
Fue San Pedro quien hablando de San
Pablo dejó clara la dificultad natural a la hora de la interpretación de la
inteligencia sobrenatural de San Pablo. Nada anormal. El espíritu de profecía
en el que participaron todos los Apóstoles se enriqueció con el espíritu de
inteligencia que Dios derramara en el hasta hacía poco perseguidor de
cristianos, desde el punto de nuestra justicia actual: autor de un severo
crimen contra la humanidad. Es cierto que este delito permanece vivo en ciertos
regímenes del planeta donde el hecho de ser cristiano es causa suficiente de
persecución, cárcel y ejecución. Arabia Saudita, Sudán, China, en este terreno
son la resistencia anticristiana más palpitante, acosando, destrozando,
asesinando.
...En este capítulo
concreto San Pablo tiene en mente la terrible persecución anticristiana que en
breve Roma iba a desatar. La causa específica que le permitiría al Imperio
violar su ley de libertad religiosa no podía San Pablo definirla, pero que el
Imperio estaba presto a golpear y dar un giro brusco en su política religiosa,
que haría del cristianismo el enemigo público número uno de los Césares, esta
visión le era tan cierta como que no podía especificar cuál sería el detonante
de ese giro de tuerca.
...Desde el futuro es
fácil ver las cosas. Todos sabemos que el Incendio de Roma fue el gatillo que
soltó la bala. Qué parte tuvo en el bulo neroniano de haber sido los cristianos
los autores el bulo judío esparcido en Jerusalén, la primavera del mismo año,
de haber sido los cristianos los autores del Incendio de la Ciudad Santa, qué
parte tuvo un Incendio con el otro es algo en lo que no entraremos pero que
echando mano de la biohistoria se puede enlazar y ver el Incendio de Roma como
la lógica sucesión del Incendio de Jerusalén.
...Si con el primero los
judíos y puesto que se vieron impotentes para asesinar el presente quisieron
matar el futuro, alguien creyó poder hacerlo, matar el futuro del Cristianismo,
aprovechando la locura de los Césares. No olvidemos que la comunidad judía en
Roma había tenido una presencia tan alarmante como para empujar al César de
turno a tomar la medida de librarse de su influencia mediante su destierro de
la capital. Imposible no ver en el odio judío contra el cristianismo en la
capital del Imperio el origen de los tumultos que diera lugar al decreto de
destierro de los judíos de Roma, incluyendo el legislador en su ignorancia en
el mismo saco a cristianos y judíos.
...Aquel decreto abrió
la necesidad de un Concilio de los Apóstoles a fin de enfocar el futuro del
reino de Dios en la Tierra desde el enfrentamiento a muerte que habría de
sucederse a la vuelta de la esquina. En esta ocasión los acusadores habían
sufrido ellos mismos el efecto de su maldad, pero en una próxima ocasión las
consecuencias darían origen al anticristianismo imperial más virulento.
...Reunidos en el 49,
para enfocar la resistencia y edificar la victoria final, del Primer Concilio
Católico, Cristiano y Apostólico nació la estructura jerárquica universal con
los Obispos como columnas de la Fortaleza Divina contra cuyos muros el Infierno
lanzaría todas sus fuerzas.
...Cuando San Pablo
escribe esta Carta el día del traspaso de poder de los judíos a los romanos estaba
a punto de realizarse. Con este futuro y su tragedia inmensa pendiente en el
aire, el Apóstol le escribe a los Romanos estos capítulos donde, hasta donde
hemos visto, toda su preocupación se centraba en fortalecer la fe del pueblo
destinado al matadero y encender el fuego de la esperanza con la promesa de
vida eterna que les había hecho el propio Dios y Padre de Jesucristo.
...Aquéllos que en el
futuro, llámense Lutero o cualquier otro nombre, manipularon el espíritu de
esta Carta para apoyar sus versiones subjetivas sobre la Fe y su naturaleza, la
Iglesia y su sobrenaturaleza, semejantes hombres cometieron una terrible
equivocación, y quienes les dieron orejas un terrible error de inteligencia,
demostrándose con el error y la equivocación en su base lo que dijera San Pedro
hablando de San Pablo, que el espíritu de inteligencia de San Pablo procedía
del mismo Dios y sin ese espíritu la dificultad de interpretación era
invencible. Nosotros, como quien ha vencido lo imposible, nacidos para ser
invencibles según la Promesa: “Tu descendencia se apoderará de las
puertas de sus enemigos”, repetimos las palabras del Apóstol:
¿Qué diremos, pues? ¿Permaneceremos
en el pecado para que abunde la gracia?
...Y recordamos para
verguenza y humillación de todos quienes faltos de sabiduría confesaron con su
autor las siguientes palabras: “Sé pecador y peca fuertemente, pero
confíate y gózate con mayor fuerza en Cristo, que es vencedor del pecado, de la
muerte y del mundo. Mientras estemos aquí abajo, será necesario pecar; esta
vida no es la morada de la justicia, pero esperamos, como dice Pedro, unos
cielos nuevos y una tierra nueva en los que habita la justicia”- Palabra de
Lutero. ¿Qué decir? ¿Cómo excusar lo inexcusable? El hombre que niega a Pablo
con semejante declaración para seguidores del infierno edifica su gloria sobre
el propio Pablo mediante la manipulación diabólica de su Inteligencia. Es el
propio San Pablo quien le responde a quien usó su gloria para edificar la suya
propia. El que tenga orejas que escuche:
De ningún modo. Los que hemos muerto
al pecado, ¿cómo vivir todavía en él?
Si el pecado es adulterar, robar,
envidiar, condenar, hacer gala de falso juicio, adorar a dios o mortal... y por
el pecado fue destruido Adán ¿bajo qué concepto o patrocinio excepto el del
propio Diablo puede un hombre que a sí mismo se llama cristiano negar la
Doctrina del Espíritu Santo y afirmar sobre la negación de la Sabiduría Divina
la locura humana propia? ¿Acaso no murió una vez y para siempre Cristo por la
remisión de todos los pecados cometidos antes del Bautismo? ¿Quién remitirá,
pues, los pecados cometidos después del Bautismo? ¿No es esto convertir el
cristianismo en el judaísmo contra el que se levantara Cristo por esta misma
doctrina? Porque el judío pecaba y pecaba y pecaba pero le bastaba comprar un
cordero, sacrificarlo y quedar absuelto. Lutero, infinitamente más listo,
pecaba y pecaba y pecaba pero no tenía que pagar nada, porque la preciosa
sangre de Cristo todos los pecados limpiaba. Hurra, ¡Heil Luther! No menos diabólica,
digamos en descargo del pueblo alemán, era la doctrina del Vaticano de esos
días, que vivía exactamente del pecado pero cobrando en metálico... sin
necesidad del engorro de matar bichos. Era hasta cierto punto natural que el
pueblo alemán y sus vecinos encontraran en la doctrina absolutoria del pecado,
enemigo imposible de vencer, una teología infinitamente más graciosa, puesto
que les procuraba el mismo fin sin tocarles la bolsa. Ahora bien, nada de esto
tiene que ver con la Carta a unos Romanos a dos pasos de la Gran Persecución.
Sacar de este contexto histórico y manipular el texto injertándolo en otro
contexto, que es la acción ejecutada por Lutero al fundar su teología del
pecado y la salvación sobre esta Carta, será la acusación contra la que tendrá
que defender Lutero su alma en el día del Juicio Final. Nosotros sigamos
adelante y confesemos con el Autor su declaración:
¿O ignoráis que cuantos hemos sido
bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar en su muerte?
.Independientemente de
la apología del Mandato: “Sed santos porque yo soy santo” que toma en
sus manos San Pablo, apología eterna, independientemente del tiempo y del
lugar, apología que reduce a miseria de una mente fracasada la confesión
luterana arriba citada, porque arroja la toalla y se entrega al pecado que no
puede vencer, así negando a Dios que ha puesto la santidad a nuestro alcance,
dando por locura la Sabiduría Divina que pretende la santidad de quien ha de
convivir con el pecado “mientras existan estos cielos y esta tierra”, ¡amén!.
Independientemente pues de la sobrenaturaleza heredada por el Cristiano, esa
misma sobrenaturaleza que lo hace vencedor del pecado, sobrenaturaleza que a
los Romanos les recuerda San Pablo como quien ha visto su propio martirio y para
nada se acobarda ni huye ni se entrega a sabidurías justificadoras de lo que
hubiera sido injustificable, su huida del testimonio Sagrado reservado a los
Santos del Primer Siglo. Independientemente de esta apología San Pablo hace de
ella Necesidad y les recuerda a los Romanos que si habían sido predestinados
para morir la Muerte de Cristo también habían sido llamados a compartir su
Gloria sempiterna. En efecto:
Con El hemos sido sepultados por el
bautismo para participar en su muerte, para que como El resucitó de entre los
muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.
No hay mayor refutación de la
confesión de renuncia a la victoria sobre el pecado declarada por Lutero que
esta sencilla sentencia apostólica del santo de nuestra devoción. Y es que
quien vive la Fe en el pecado por el que el hombre es desechado y llamado a
Juicio no sólo aborrece a Cristo sino que si en vida no ha sabido seguir su
ejemplo ¡cómo a la hora de la Verdad le seguirá hasta el Testimonio Supremo del
Martirio!
Porque si hemos sido injertados en
El por la semejanza de su muerte, también los seremos por la de su
resurrección.
.En esta Esperanza
Sagrada los Apóstoles vivieron y caminaron hacia el Matadero al frente de los
Primeros Cristianos. De manera que todo hombre duerme, al morir, en espera de
la Voz que levantará a los muertos a Día de Juicio, pero ellos alcanzaron la
Gloria de su Maestro y según fueron siendo sacrificados para este mundo fueron
naciendo para el Mundo del que bajó el Hijo, nuestro Rey sempiterno,
Jesucristo.
Pues sabemos que nuestro hombre
viejo ha sido crucificado para que fuera destruido el cuerpo del pecado y ya no
sirvamos al pecado.
Y de nuevo, de la Esperanza a la Fe.
La Fe y el Pecado son el fuego y el hielo, Cristo y el Diablo. No hay ninguna
posibilidad de convivencia entre la Luz y las Tinieblas. La doctrina luterana
enmarcada arriba es una violación de la Doctrina Divina. Violación connatural
al Papado y a los Patriarcados de su tiempo. No seamos indulgentes con unos por
cierto delito y absolvamos por el mismo delito a otros. La Justicia Divina no
hace acepción de personas. Tanto, que estando vigente la Ley de Moisés,
habiendo nacido bajo su imperio, su propio Hijo hubo de sufrir su pecado contra
la justicia de la Ley de Moisés, que condenaba al madero a todo hijo de hebreo
que osare dar por anulado el Pacto del Sinaí y procediera a uno Nuevo. Es lo
que hizo Jesús, hijo de David, hijo de Abraham, hijo de Adán.
En efecto, el que muere queda
absuelto de su pecado.
Pero muriendo para que se cumpliera la
Ley la ejecución de Cristo fue el último acto de la Justicia nacida de aquel
Pacto Antiguo. Su ejecución realizó el Sacrificio Expiatorio Universal por el
que el Templo había sido erigido. Resultando de la Caída del Muro de la Enemistad
entre Dios y la Plenitud de las Naciones el nacimiento de un Pacto Nuevo. Por
este Pacto Nuevo todo hombre muere para volver a nacer a una nueva vida, creada
a imagen y semejanza de Cristo. Por lo que dice en otro sitio el Apóstol “Cristo,
que es nuestra vida”. Siguiendo a su Maestro: “El reino de los
cielos está en vosotros”. De lo que se entiende que Cristo vive en
nosotros, en quien tenemos nuestra vida. Y en cuyas manos se encuentra nuestra
muerte. Y si la nuestra, ¡cuánto más la de aquéllos predestinados a compartir
su Sacrificio! Guíados al matadero, todos corderos inocentes. Así que:
Si hemos muerto con Cristo, creemos
que también viviremos en El;
Lo contrario, vivir en Cristo y vivir
en el pecado es irracional, animal, propio de doctrinas incubadoras de
monstruos. ¿O acaso, y aunque era hijo suyo Satán, según se lee en el libro de
Job, Dios pudo admitir en su vida semejante petición de convivencia entre el
Cielo y el Infierno? Nacidos de nuevo a la vida eterna en la esperanza de la Fe
de Cristo Jesús, nuestro modelo sempiterno, el pecado y el miedo ya no tienen
parte en el Cristiano. Por lo que sin miedo se atreve a decir San Pablo:
Pues sabemos que Cristo, resucitado
de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene ya dominio sobre El.
Por lo tanto quien vive por la Fe y la
Esperanza del que tiene en Cristo su vida ni puede admitir el pecado ni
acobardarse ante el peligro de la Muerte. El Cristiano no muere, resucita a la
manera que el propio Cristo a la vida de Dios.
Porque muriendo, murió al pecado una
vez para siempre; pero viviendo, vive para Dios.
Ahora bien, San Pablo vuelve al
principio, “sed santos porque yo soy santo”, que es el fin de la
Fe y el Principio de la resurrección gloriosa de quienes habían de ser
conducidos al matadero por el Imperio en breve tiempo. Recalcando siempre el
punto de la doctrina apostólica universal en boca de todos los Discípulos de
Jesús esparcidos por todas las tierras del Imperio, San Pablo proyecta su
visión de la Gran Persecución que se avecinaba sobre la mente de los Romanos,
prepara el espíritu de los hermanos de Roma para la Hora de la Verdad que se
cernía sobre ellos. Nada les decía de nuevo que no supieran, el mensaje que
entre sus líneas iba secretamente abrazado a sus corazones era el verdadero
tesoro por el que esta Carta brillaría por lo siglos hasta el final de los
tiempos
Así, pues, haced cuenta de que
estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.
En fin , el que con Lutero quiera
pecar que peque.
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