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BIBLIOTECA TERCER MILENIO
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El Evangelio de Cristo según San Pablo
La potencia maligna
del pecado
Luego ¿lo bueno me ha sido muerte?
Nada de eso; pero el pecado, para mostrar toda su malicia, por lo bueno me dio
la muerte, haciéndose por el precepto sobremanera pecaminoso.
...Lo bueno,
indiscutiblemente, es la Ley. No sólo porque sin Ley no encontraría la
conciencia natural una dimensión final en la que encontrar su fuerza universal,
válida en todo tiempo y lugar. También porque sin Ley la voluntad de todo ser
inteligente libre, provocada por la visión de un estado ontológico ajeno a la
convivencia natural, no encontraría freno para procurarse su transformación en
una bestia asesina contra la cual el único recurso posible es la caza y captura
en la forma a como perseguimos a una fiera salvaje que aterroriza a la
población y la población entera, unida frente a algo no humano, se lanza a su
caza y destrucción inmediata: sin acordarle a la bestia las leyes de la
misericordia naturales al mundo de los humanos. La potencia malgina del Mal está,
por tanto, en hacer de su rebelión contra la Ley un artículo de superioridad
sobre quienes tienemos en la Ley nuestro Bien universal sempiterno. Algo que,
desgraciadamente, vemos en carne aún en nuestros tiempos, cuando todavía
podemos encontrarnos con aullidos de rebelión contra Dios, el Estado y el
Hombre en base a que la Rebelión es el estadio natural superior del ser humano.
Semejante discurso, cuando se arma, empuja a sus seguidores al otro lado de lo
humano, haciendo que los actos delincuentes de tal bestia homicida sea
comparado a los de la bestia asesina a la que es imposible ajustarle la Ley
Humana y sólo cabe su destrucción inmediata. De esta manera es, según el
Apóstol y todo cristiano concuerda, cómo el pecado, seduciendo con su fuerza,
arrastra al hombre lejos de la condición que le es natural y, creyéndose
superior a la Ley, evoluciona hacia un nuevo estado antinatural, propio de las
bestias salvajes contra las que sólo cabe, pues que están desprovistas de la
Razón Humana, la caza, captura y destrucción. En consecuencia nada ni nadie
puede ponerse sobre la Ley. La Ley es el bien supremo, la roca indestructible
contra cuyos preceptos sempiternos se estrellan los terremotos que causan las
razones salvajes de Partidos y Estados que tienen en una teoría del Poder y la
Raza el puente que los aleja de la naturaleza humana y, aún siendo humanos en
su orígenes, dando el salto del Hombre a la Bestia, acaban siendo raza de
demonios. De donde nosotros vemos que la necesidad de vivir a la luz de la Ley,
en este caso la Palabra de Dios, es la garantía sempiterna de convivencia
pacífica entre todas las naciones de la creación. Y lo contrario, despreciar a
la criatura por su necesidad de la Ley, es un acto criminal que conduce al
demente al bestialismo, y acaba invocando contra su voluntaria e irrecuperable
demencia la ley que se le aplica a las bestias asesinas.
Porque sabemos que la Ley es
espiritual, pero yo soy carnal, vendido por esclavo al pecado.
En efecto, las leyes de la creación
miran a cada criatura pero sólo Dios puede erigir una Ley Universal cuya Luz
gobierne las Conciencias de todas las Naciones del Universo. De aquí que la Ley
divina sea la fuente de las leyes de la creación. En nuestro caso, acordando el
estado de indefensión al que fuimos expuestos por la Rebelión de un sector de
los hijos de Dios, acontecimiento recogido en el Génesis, y que deviene punto
de reflexión en este capítulo, la transformación de lo humano en bestia asesina
no procedió de un acto voluntario ejecutado, tal que Adán se hubiera unido y
libremente a Satán contra Dios. Nada de eso. A no ser que algún demente sea
capaz de convencernos de que la esclavitud es un estado hermoso y natural
contra el cual nuestra lucha fue el verdadero acto de demencia. La afirmación
de San Pablo no puede ser más directa y procurarnos el argumento más sólido a
favor de la Ignorancia sobre la que Dios basó la Redención del Género Humano.
Si, pues, fuimos vendido al pecado, fuimos trofeo para un conquistador que alzó
su bandera contra Dios y nos ganó como esclavos para su imperio, sobre la
naturaleza infernal del cual no tenemos más que abrir los ojos para descubrir
la impronta de su malignidad en cada pulgada de nuestra Tierra. Realidad que
implica, y demuestra el Cristianismo en su Historia en cuanto encarnación de la
Lucha por la Libertad contra semejante Imperio del Mal, que la Batalla del
Hombre contra la parte de la Casa de Dios que por cuenta propia quiso pisar la
Ley y obligar a Dios, mediante la muerte de su Hijo Adán, a retirar la Ley: Estableciendo
sobre ella la Inviolabilidad de la Cámara de los dioses ante la acción de la
Justicia Eterna... que esta Batalla está viva y ese acerca a su fase Final.
Porque no sé lo que hago; pues no
pongo por obra lo que no quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.
Tal es el estado de la condición
humana alejada de la Ley de Cristo. Pone, por tanto San Pablo al desnudo,
exponiendo su pasado al juicio de la inteligencia, cuál es la verdadera causa
de la impotencia del ser humano para alcanzar su libertad. La causa de nuestra
propia destrucción está, no ya fuera, sino en nosotros mismos. Y es lógico y
natural que así sea. Nadie ignora que un comportamiento, aún obligado,
establecido a lo largo de siglos y milenios acaba provocando en el ser una
perversión hereditaria, maligna, que le afecta al propio individuo y a su
sociedad en conjunto. Habiendo estado el hombre en general cuatro milenios y el
judío en particular dos milenios sujetos a la esclavitud del Imperio del Mal
-hablando respecto a la fecha en la que fue firmada esta Carta- creer que
semejante comportamiento, aunque obligado, no fuera a generar una herencia es
mucho creer. Obviamente la libertad cristiana implica la liberación de este
comportamiento heredado, instaurado en la carne de los padres a lo largo,
hablando de hoy, de seis milenios interminables. Basta, para ver la razón
hereditaria del comportamiento, fijar los ojos en el efecto que sobre la última
generación tiene la historia de una rama genealógica durante una corta sucesión
de generaciones dedicada a una acción social específica. Esta predisposición
genética que se da dentro de una rama humana es sólo una prueba sobre cómo un
comportamiento familiar heredado se transforma y da lugar a unas
características genéticas específicas. Tanto más fuerte debe ser el sello
específico que cientos de generaciones sujetas a un comportamiento específico
transmite a la última generación. Cuando este comportamiento es bueno, bendito
sea Dios, pero cuando es todo lo contrario el ser humano se halla esclavo de sus
padres y la libertad le es tan necesaria como el agua a la tierra, pues la
Naturaleza sirve a su Creador y tiende por inercia, sin Ley Moral de su parte,
a eliminar aquella parte de la masa biológica que no se sujeta a la Ley de la
Creación. No se trata de ver en la rebelión contra los padres una ley
universal, máxime cuando son los propios padres los que vivieron bajo aquella
ley de esclavitud y, tal cual vemos a nuestro alrededor, todavía viven esclavos
de un comportamiento que tiende a conducirlos a su destrucción. Pero es
evidente que más allá de la obediencia, los progenitores no pueden exigir la
esclavitud de los procreados en base al respeto a las cadenas paternas. Lo que
conviene es la liberación de padres e hijos, pues todos están sujetos a la misma
ley de esclavitud impuesta por una herencia milenaria en su origen ajena a la
propia ley de la humanidad. Esta liberación total se realiza exclusivamente
dentro del Cristianismo. Pues la liberación no cristiana conduce de cadenas a
cadenas, de un campo de trabajos forzados a otro campo de trabajos forzados. Es
en el Ser Cristiano y sólo en el Cristiano donde el Hombre se libera de toda
tutela y se realiza en cuanto Individuo Pleno, es decir, hijo de Dios, Plenitud
en la que progenitores y progenizados se miran cara a cara y se encuentran
unidos para siempre en la Identidad sempiterna que implica la Paternidad de
Dios sobre todos los hombres.
Si, pues hago lo que no quiero,
reconozco que la Ley es buena.
No podía ser de otra forma. Lo
contrario, creer que la Ley es mala -entendiendo la ley que procede como río de
la fuente Divina- procede de una mente maligna. Toda ley que procede de
justicia es buena y la rebelión contra su declaración es un acto de salvajismo
que, como se dijo arriba, conduce al rebelde a la negación libre de su
humanidad. Y en este sentido lo que valía ayer vale hoy y para siempre. La Ley
no es buena Hoy y mala al día siguiente. Lo es en función de aquel que desea
hacer el mal y necesita de la conversión del Bien en Mal y del Mal en Bien para
cometer impunemente sus delitos. La diferencia, en este orden, viene de la
voluntad. Y al mismo tiempo de la libertad. ¿Tiene voluntad un esclavo? Ahora
bien, debemos tener en cuenta que San Pablo vivió entre nosotros hace dos
milenios. Al presente el Cristianismo y su Doctrina no son realidades ígnotas y
desconocidas por las naciones. Quien hace el Mal conociendo que existe Cristo
no tiene excusa ante la Ley. No sirven nacionalismos, no sirven utopías. La Ley
es un camino que conduce al futuro por la senda del Bien. El atajo del Mal, es
decir, el terror, el crimen, es propio de demonios. Y lo propio de los demonios
es imponer su ley sobre la Ley Universal, Ley Universal a la luz de cuya
Sabiduría y sólo bajo su Paz puede una Civilización hacer el camino durante la
eternidad. Resultando de aquí que si la ley que tengo en mis miembros es la ley
del terror y del crimen la salida única es Cristo, en quien la Ley que rige su
Cuerpo y su Mente es la Ley Universal a cuyos pies debe todo el mundo poner las
armas de su ley.
Pero entonces ya no soy yo quien
obra esto, sino el pecado, que mora en mí.
En efecto, antes de Cristo y después
de Adán el ser humano se halló esclavizado a un imperio de terror contra cuya
ley el hombre no tenía ninguna protección y defensa. El paso de los siglos hizo
de sus cadenas herencia. Pero viniendo Cristo por la Fe el hombre es liberado
de esa herencia y llamado a combatir ese imperio bajo cuyas ruedas es aplastada
la Humanidad. Esclavos, pues, de dicha herencia, la Verdad es la Llave que
puede liberar a todos los hombres de las cadenas que sus pueblos y su historia
arrojaron sobre sus mentes. En cuanto cristianos digamos que San Pablo está
analizando la naturaleza de Saulo, y en ella refleja la naturaleza del mundo en
su conjunto. Se entiende que en cuanto hijos de Dios, nacidos de Cristo,
estamos libres respecto a la ley del pecado que con tanta fuerza nos descubre
el Apóstol. El pecado sólo podría operar en nosotros fuera de la Fe. Y si
estando fuera de la Fe, fuera de Cristo. En definitiva que todo CRISTIANO
SUJETO A DICHA LEY DEBE SER EXPULSADO DE LA IGLESIA: SIN DISTINCION ENTRE
SACERDOTE Y OBISPO.
Pues yo sé que no hay en mí, esto
es, en mi carne, cosa buena. Porque el querer hacer el bien está en mí, pero el
hacerlo, no.
.La ley que imperaba
en el hombre antes de la Fe no puede continuar administrando la voluntad del
Cristiano sino para el mal de todo el Cristianismo. La ley que vemos la
ajustamos a quienes no han gozado del divino néctar de la Fe y, esclavo de sus
padres y sus pueblos, viven bajo el imperio de la Muerte sin más Ley que el
terror que su voluntad extiende sobre todos quienes no se sujetan a semejante
ley de crimen y terror. Pero el Cristiano, romano en tanto que su Iglesia, o
Galo en tanto que la suya, o Americano en tanto que la propia, tiene su
Libertad en que quiere el Bien y puede hacerlo.
En efecto, no hago el bien que
quiero, sino el mal que no quiero.
Lo cual no quiere decir que le esté
llevando la contraria a San Pablo. En absoluto. En la Casa de Dios no hay división.
Una Inteligencia es la que opera su Pensamiento en todos los hijos de Dios. San
Pablo le está descubriendo a los cristianos de Roma la ley que dominaba entre
sus conciudadanos, en razón de la cual tenían que ser comprensivos con ellos a
la par que por el conocimiento del estado del que fueron rescatados ganarlos
para la Fe mediante el ejemplo de la Libertad conquistada para todos por
Jesucristo. Razón y ejemplo que permanece vivo entre nosotros respecto al mundo
que aún vive sin la Fe y por las cadenas de sus padres permanecen lejos de la
Verdad.
Pero si hago lo que no quiero, ya no
soy yo quien lo hace, sino el pecado, que habita en mí.
Saulo, por tanto, estuvo encadenado a
la ley de sus padres, en razón de la cual se había convertido en un criminal. Y
desde aquella esclavitud eran cometidos sus crímenes, siendo de esta manera el
precepto: Honrarás a tus padres, causa de transformación de los hijos en
delincuentes contra el otro precepto que dice: No matarás. Pero no era la Ley
la mala, sino la interpretación humana de la Ley. Porque la Ley no dice: Honra
a tus padres matando a tu prójimo, a tu hermano. Es el hombre el que dice:
Matando a tu hermano, a tu prójimo, honras a tu padre. Con lo cual, siendo la
Interpretación Humana el foco del Crimen, como se ve en Saulo, el padre deviene
delincuente, y en consecuencia quedando fuera de la Ley el hijo queda absuelto
de la obligación del precepto que sólo rige a quienes viven bajo su bandera.
Mas en el Cristiano semejante relación criminal es imposible por en cuanto la
Paternidad es referida a Dios, quien diciendo: No matarás, la Honra que pide es
la Obediencia a su Precepto. Me explico: por esta Ley queda todo cristiano
libre de cualquier Honra a humano alguno, sea sacerdote u obispo, que implique
la esclavitud a su voluntad y conlleve un acto delictivo en razón de la
Interpretación de la Palabra de Dios, si esta Interpretación es promotora del
crimen. Tal humano, sacerdote u obispo, queda fuera de la Ley y en consecuencia
su no expulsión de la Iglesia es una violación de la Fe de Cristo.
Por consiguiente tengo en mí esta
ley: que, queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega;
Ley que se hereda de padres a hijos,
como hemos visto, y se desprende de la Historia y la Ciencia. De tal manera que
la Libertad del Hombre, aparte de sólo realizarse por Cristo en la Fe, implica,
por conocimiento del origen, la lucha constante del Cristiano ante un Mundo
sujeto a dicha ley de Voluntad Esclava. Lucha positiva en tanto que se busca la
Libertad de nuestros semejantes y conlleva a la batalla frontal únicamente en
caso de rechazo libre a la Ley del Bien Universal.
porque me deleito en la Ley de Dios
según el hombre interior,
Conocerse a sí mismo, lo que somos,
quienes somos, de donde venimos y a donde vamos es la plenitud del ser. Este
Conocimiento en tanto en cuanto plenitud ontológica de la vida del YO es el
gozo supremo del Hombre. No hay mayor placer que el ser humano pueda
experimentar. Todo placer es nada comparado al gozo del Conocimiento verdadero
del Hombre que somos. Este Hombre, Imagen de su Creador, se deleita en la Ley
de Dios con toda su mente y su alma porque es esa Ley la fuente de la Libertad
sin medida a la que aspira el ser humano desde el principio de su existencia.
Es en la Palabra de Dios que se sustenta la Paz, la Justicia, el Derecho, la
Igualdad y la Fraternidad entre todas las criaturas del Universo. Es por su
palabra que hemos sido hechos herederos de la vida eterna. ¡Cómo no adorar su
Verbo y bailar al son de sus ecos! Hijos de Dios de todas las naciones y razas,
su bandera es bandera de amor, su estandarte es estandarte de alegría. Batid
palmas y alzad el alma porque la Promesa es firme: Se apoderarán tus hijos de
las puertas de sus enemigos. Aleluya.
pero siento otra ley en mis miembros
que repugna la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado, que está en
mis miembros.
Dos son, pues, los frentes desde los
que el Mal, en forma de pecado, busca la ruina del cristiano, primero, y del
mundo, finalmente. El primero ha sido vencido por la Fe. El segundo se mueve en
el mundo y desde él busca sujetarnos a la ley de la que fuimos liberados.
Nuestro objetivo es liberar a nuestro prójimo de las cadenas de la Muerte, bajo
cuyo pesos vivieron nuestros padres y de cuyo peso por la Gracia de la Fe
nacimos libres. En cuanto al mundo:
¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará
de este cuerpo de muerte?
Sí, San Pablo, he aquí su santidad, se
hace uno con el mundo para pedir desde su carne misericordia y piedad al Juez
de todos los Hombres. Quien, oyendo su clamor, antes de salir de sus labios ya
tuvo en cuenta nuestra esclavitud y nos dio al Héroe que había de enfrentarse a
aquél que hiciera del Hombre su trofeo de guerra.
Gracias a Dios, por Jesucristo
nuestro Señor... Así, pues, yo mismo, que con la mente sirvo a la Ley de Dios,
sirvo con la carne a la ley del pecado.
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